¿Podremos reparar el tejido social?

En días recientes, el Gobierno de la Ciudad de México tomó una decisión que ha generado debate: limitar la reproducción de música con mensajes bélicos en eventos gubernamentales y espacios públicos. Específicamente, se busca restringir géneros como los narco ...

En días recientes, el Gobierno de la Ciudad de México tomó una decisión que ha generado debate: limitar la reproducción de música con mensajes bélicos en eventos gubernamentales y espacios públicos. Específicamente, se busca restringir géneros como los narco corridos y corridos tumbados, que, en su mayoría, exaltan la violencia, el crimen organizado y estilos de vida basados en la ilegalidad. Aunque algunos lo interpretan como censura, la medida apunta a evitar la normalización de la violencia en el imaginario colectivo, especialmente entre los jóvenes.

Este paso, sin duda acertado, debe entenderse como una acción complementaria dentro de una estrategia más amplia. La violencia que desde hace décadas ha golpeado a México no sólo ha dejado víctimas directas, sino también profundas heridas en el tejido social. Las balas, los secuestros y las extorsiones destruyen comunidades, pero también lo hace el miedo, la desconfianza y la pérdida de referentes positivos. La cultura de la violencia ha permeado no sólo las calles, sino también los espacios simbólicos como medios de comunicación, redes sociales, videojuegos y, por supuesto, expresiones artísticas como la música.

Por ello, debemos ir más allá de restringir contenidos violentos en eventos públicos; ahora que ya se ha puesto el reflector sobre ello, se requiere un esfuerzo articulado que incluya educación, atención psicológica y promoción de modelos de convivencia sana y armónica.

Un buen ejemplo de ello se encuentra en Medellín, Colombia, una ciudad que durante los años ochenta y noventa fue símbolo mundial de violencia asociada al narcotráfico. Medellín no sólo combatió la violencia con fuerza pública, sino que implementó programas sociales como las Bibliotecas Parque, que se convirtieron en centros comunitarios para niños y jóvenes de zonas marginadas, ofreciendo actividades culturales, deportivas y educativas.

Otro factor fundamental es la atención psicológica. Los altos niveles de violencia en México han dejado no sólo pérdidas humanas, sino también una enorme cantidad de personas con secuelas emocionales. Estudios de organizaciones como México Evalúa y Causa en Común han documentado la manera en la que niños, niñas y adolescentes que crecen en contextos violentos presentan mayores niveles de ansiedad, depresión y conductas agresivas. Es indispensable garantizar servicios de atención emocional accesibles y gratuitos en comunidades vulnerables, tal como lo han hecho en Chile a través de su programa Chile Crece Contigo, que ofrece acompañamiento psicológico a niños y sus familias desde los primeros años de vida.

A la par, es urgente promover estilos de vida positivos y proyectos de vida alternativos para las juventudes. Debemos ganar la batalla a los mensajes de apología del crimen combatiendo de la misma forma, pero mediante mensajes positivos insertos en las expresiones artísticas, culturales y campañas gubernamentales con ese enfoque en específico, porque el arte, la música, el deporte y las tecnologías pueden ser aliados poderosos. En Brasil, por ejemplo, el proyecto AfroReggae, ha trabajado desde hace décadas en las favelas de Río de Janeiro, usando la música, la danza y el periodismo comunitario para alejar a jóvenes de las bandas criminales y fortalecer la cohesión social, llevando mensajes de paz.

México tiene el talento, la creatividad y la capacidad organizativa para replicar este tipo de modelos. La clave está en que gobierno, sociedad civil, sector privado y ciudadanía trabajemos juntos en un proyecto firme de pacificación social. Limitar los mensajes violentos en la música es un comienzo, pero no es la solución definitiva. Es necesario reconstruir las narrativas sociales, recuperar los espacios públicos y dignificar la vida comunitaria.¿Podremos reparar el tejido social? La respuesta no es sencilla, pero sí posible.

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