No se puede continuar ignorando la atención a la salud mental

Si bien la pandemia es, prácticamente, cosa del pasado, sus efectos no lo son. La pandemia ha dejado un fuerte impacto en la vida de las personas y más en lo que a salud mental se refiere, entre los más afectados se encuentran los menores, adolescentes y jóvenes. De ...

Si bien la pandemia es, prácticamente, cosa del pasado, sus efectos no lo son. La pandemia ha dejado un fuerte impacto en la vida de las personas y más en lo que a salud mental se refiere, entre los más afectados se encuentran los menores, adolescentes y jóvenes.

De acuerdo con El impacto del COVID-19 en la salud mental de adolescentes y jóvenes, un estudio realizado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), la crisis del covid-19 generó un importante impacto en la salud mental de este grupo poblacional en Latinoamérica y el Caribe. En un sondeo rápido realizado a cerca de ocho mil quinientos adolescentes y jóvenes de 13 a 29 años, la Unicef destaca que el 27 por ciento reportó sentir ansiedad, mientras un 15 por ciento aseguró sentir depresión, siendo la situación económica un factor importante que influye en sus emociones.

Si bien nuestro país no es aquel de la región con la tasa más elevada respecto a ese tipo de padecimientos mentales, sí es uno de los que mayor aumento reportó. Y es que la pandemia causó un fuerte impacto psicológico en la comunidad educativa y en la sociedad en general, agudizando la presencia de padecimientos como estrés, depresión y ansiedad.

Por ello, hoy más que nunca es indispensable incorporar esquemas y herramientas que contribuyan a formar poblaciones mentalmente saludables, y la educación para la inteligencia emocional en las generaciones presentes es una de ellas.

La inteligencia emocional es una herramienta fundamental para el desarrollo de habilidades prácticas como entender, usar y administrar las emociones propias, de tal forma que se tenga la capacidad de reducir el estrés, aprender a comunicar efectivamente y desarrollar empatía para relacionarse óptimamente con los otros. Sin duda, es una herramienta clave para resolver conflictos y comprender el rumbo que ha tomado el mundo luego de la pandemia.

Por lo contrario, una baja inteligencia emocional podría traer consecuencias sociales, personales y productivas que podrían derivar en el fracaso laboral, escolar y/o familiar de las futuras generaciones. Cabe señalar que, hoy en día, el suicidio, que normalmente va antecedido por algún episodio de depresión, es la segunda causa de muerte entre los jóvenes.

Asimismo, un estudio del King’s College London reveló que las personas con problemas de salud mental tienden a tener una esperanza de vida más corta y una mala calidad de vida en cuestión de salud, pues desarrollan con más frecuencia enfermedades cardiacas y padecimientos crónicos como la diabetes.

Nuestro país no puede continuar ignorando la necesidad de atender la salud mental de las personas, con principal atención en nuestras generaciones más jóvenes, como un asunto de salud pública. Es preciso que cada una de las entidades federativas implementen estrategias y políticas para la atención a los padecimientos mentales, cuyos estragos escalan en todos los ámbitos de vida de la población.

En lo que respecta a la Ciudad de México, he presentado una propuesta para definir lo que se debe entender por “inteligencia emocional” en la Ley de Educación local, estableciendo en la misma la obligación de las autoridades educativas de desarrollar programas, cursos y actividades extracurriculares enfocados a fomentar la inteligencia emocional de las y los alumnos en todos los niveles.

Esto es algo que ya han hecho diferentes países en el mundo, apoyados por estudios y debates realizados a escala internacional, pues el tema de la salud mental se ha convertido en una gran preocupación en la escala global y su atención ágil e integral no puede esperar ni un día más.

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