Movilidad con visión de futuro
El PGD-CDMX apuesta por una ciudad policéntrica, densa en infraestructura de transporte y basada en la proximidad.
Hablar del futuro urbano de la Ciudad de México implica entender que su transformación podría llevarse décadas, no obstante, requiere actuar hoy. El Plan General de Desarrollo de la Ciudad de México (PGD-CDMX) con visión a 2045 representa un cúmulo de posibilidades para construir una ciudad con visión a futuro que, además de responder a las necesidades actuales, siente las bases para vivir de forma más equitativa, accesible y sostenible en la capital del país en las décadas venideras. Y si hay un ámbito en el que convergen las necesidades actuales y futuras, es la movilidad.
Nuestra ciudad está entre aquellas con el peor tráfico a nivel mundial. Con avenidas saturadas, tiempos de trasladó que resultan impredecibles y un parque vehicular creciente, esta urbe nos recuerda que su infraestructura fue diseñada para la vida en el pasado, que en el presente ya no es suficiente y mucho menos lo será en unos años más. Pero, más allá de pensar en el largo plazo, la discusión cobra relevancia si consideramos que el próximo año nuestro país recibirá miles de visitantes extranjeros por la Copa Mundial 2026. ¿Cómo sorteará la capital ese aumento de afluencia si ya vivimos al límite de capacidad? La alternativa ya no es ampliar carriles o darle más espacio al coche.
La nueva planeación urbana requiere un cambio profundo de paradigma. El PGD-CDMX apuesta por una ciudad policéntrica, densa en infraestructura de transporte y basada en la proximidad, pues es preciso combatir la centralización y lograr que la gente pueda acceder a servicios, empleo y actividades sin depender de desplazamientos largos, sobre todo cuando se involucra el uso del auto particular. Pero esta visión no se puede materializar sin repensar las calles, avenidas y sistemas de movilidad. Y ahí entra un punto muy relevante: el presupuesto para movilidad de 2026.
El proyecto de Presupuesto de Egresos 2026 de la Ciudad de México propone multiplicar por diez los recursos para el fortalecimiento de la infraestructura urbana, a fin de acelerar el paso hacia una ciudad más accesible a pie y al uso de la bicicleta, además de fortalecer sistemas de movilidad de bajas emisiones y destinar importantes montos a rehabilitaciones, mantenimiento y nuevas líneas de transporte. Y aunque para algunos parezca drástico apretar el paso en esa dirección, desde hace años la advertencia es clara: si queremos una ciudad funcional, es hora de empezar a movernos distinto.
Transitar hacia nuevas formas de movilidad implica retos, eso no se puede negar. La ciudad ha privilegiado el automóvil por décadas; su diseño vial, sus prioridades presupuestales y hasta su cultura urbana giran en torno a él. Modificar ese patrón puede resultar incómodo, pues será necesario redistribuir espacios, replantear hábitos, ajustar normas, modificar rutas, ampliar banquetas, intervenir cruceros peligrosos, construir ciclovías bien conectadas y, sobre todo, asegurar un transporte público eficiente. Pero son cuestiones inevitables en cualquier proceso de transformación profunda.
Adaptarnos es parte del proceso ante la lógica del urbanismo contemporáneo: innovar, renovar y evolucionar. Sólo apostando a la movilidad activa, la conectividad multimodal y al transporte público de calidad, nuestra ciudad será capaz de absorber picos de demanda como los que traerá el Mundial 2026 y repuntes poblacionales impulsados por la migración, como los que enfrenta actualmente, sin colapsar.
Con un aumento histórico en el presupuesto para infraestructura ciclista y peatonal, con proyectos de transporte masivo en puerta y con una visión de largo plazo explícita en el PGD-CDMX, por fin la capital empieza a alinearse con su futuro.
