La deuda con la generación que creció entre las crisis del pasado

En la Ciudad de México, miles de jóvenes enfrentan una realidad cada vez más adversa para desarrollarse con autonomía, dignidad y estabilidad. A pesar de ser una ciudad vibrante, culturalmente activa y con importantes centros de educación superior, la capital del país ...

En la Ciudad de México, miles de jóvenes enfrentan una realidad cada vez más adversa para desarrollarse con autonomía, dignidad y estabilidad. A pesar de ser una ciudad vibrante, culturalmente activa y con importantes centros de educación superior, la capital del país sigue teniendo una deuda con las nuevas generaciones.

Cerca de 20% de los jóvenes de entre 15 y 29 años en la CDMX se encuentra fuera del sistema educativo y del mercado laboral formal. Esto representa a más de 300 mil personas que viven en condiciones de vulnerabilidad estructural y que, por si ello no fuera suficiente, han crecido entre crisis sucesivas en materia económica, sanitaria y climática. En resumen, cientos de jóvenes que han pasado su adolescencia viendo a sus padres perder empleos, a sus escuelas cerrar por meses y a sus colonias deteriorarse sin que nadie les ofrezca respuestas reales.

Pero la exclusión de los jóvenes no se manifiesta sólo en la educación o el empleo, también está en el acceso a algo tan básico como la vivienda. Recientemente, en el foro Diálogos de la Ciudad contra la Gentrificación organizado por el Congreso local, organizaciones juveniles manifestaron su descontento y sensación de desamparo, argumentando que la CDMX se ha convertido en una ciudad que prioriza la especulación inmobiliaria y margina el derecho a la vivienda de quienes más la necesitan.

Y es que los jóvenes son los principales expulsados del mercado habitacional. No pueden rentar ni comprar porque las zonas accesibles ya fueron convertidas en objeto de inversión. Se topan con rentas inaccesibles, créditos hipotecarios fuera de su alcance y viviendas nuevas que no están pensadas para su realidad, sino para atraer el capital de quien pueda pagarlas. Así, la esperanza de poseer un bien propio, o incluso de lograr la independencia, se aplaza indefinidamente, obligando a muchos a seguir viviendo con sus familias o migrar a municipios periféricos. Este fenómeno no es casual, es estructural. Es el resultado de políticas urbanas fallidas, que han tratado la vivienda como mercancía, no como derecho.

Cabe destacar que la actual jefa de Gobierno, Clara Brugada, ha planteado dentro de su proyecto de ciudad, una estrategia de vivienda social enfocada en sectores históricamente excluidos, incluyendo a los jóvenes, mediante la recuperación de suelo público para vivienda popular, la creación de un banco de tierras y el impulso de modelos cooperativos como una alternativa real frente al encarecimiento del mercado de vivienda.

Si bien la inclusión de estas políticas en la agenda de gobierno representa un paso necesario para abrir nuevas rutas en favor de las juventudes, desde el Congreso de la ciudad tenemos la obligación de respaldarlas, pero también de proponer acciones para el mejoramiento del modelo urbano. Es preciso crear políticas de vivienda digna y asequible para las juventudes mediante esquemas de renta social, vivienda cooperativa, crédito subsidiado o suelo destinado a proyectos comunitarios.

La relación entre lo que los jóvenes necesitan y lo que el contexto actual les ofrece es profunda, pero no irreversible. La exclusión juvenil no es sólo una herida social, representa errores económicos y políticos del pasado que hoy tenemos la oportunidad de reparar, porque una ciudad que no invierte en sus jóvenes, envejece con mal rumbo, se empobrece rápido y se vuelve más desigual.

Hoy tenemos una deuda con las juventudes, con estas generaciones cuyas oportunidades han sido postergadas, pero que aún estamos a tiempo de respaldar. Y esa deuda no sólo es educativa o laboral, es urbana, habitacional y cultural. Apostemos por la juventud porque ello significa apostar por el futuro de la ciudad.

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