La crisis climática no reparte sus costos por igual
El riesgo climático y la pobreza se sobreponen como dos mapas transparentes que, al colocarse uno sobre otro, revelan la misma geografía del desamparo. El nuevo Índice de Pobreza Multidimensional MPI 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo PNUD lo ...
El riesgo climático y la pobreza se sobreponen como dos mapas transparentes que, al colocarse uno sobre otro, revelan la misma geografía del desamparo. El nuevo Índice de Pobreza Multidimensional (MPI) 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) lo muestra en números: cientos de millones de personas pobres viven ya en zonas expuestas al calor extremo, sequías, inundaciones y contaminación del aire, y más de 300 millones enfrentan tres o cuatro de estos peligros al mismo tiempo. El rostro social del cambio climático es medible y territorializado.
La salud es el primer termómetro de la desigualdad climática. De acuerdo con The Lancet Countdown 2024, en 2023 se vivieron más días de calor extremo y rachas de sequía en casi la mitad del planeta, lo cual aumenta el riesgo a sufrir golpes de calor, agudiza la existencia de enfermedades cardiorrespiratorias y expande la presencia de mosquitos y otras plagas. Donde hay menos ingresos hay menos aislamiento térmico, no hay aire acondicionado y sí menos atención médica oportuna, lo que hace que la desigualdad se sienta y se sufra en la salud.
Por otra parte, el impacto del calor en la productividad y la salud laboral representa pérdidas económicas enormes, sobre todo en trabajos al aire libre. Para México, esto es especialmente riesgoso en tres sectores: agricultura, construcción y recolección de residuos. Hoy, una de cada 10 personas ocupadas trabaja en el sector primario, que depende de la naturaleza y la intemperie para producir; la construcción, sector que empleó alrededor de 8.42 millones de personas en el primer trimestre de este año, también se ve limitado frente al calor, y la recolección de residuos, donde gran parte de la labor también es al aire libre y con equipo de protección limitado se ve amenazada ante fuertes olas de calor y lluvias intensas. De acuerdo con The Lancet, en 2023 hubo pérdidas récord de horas potenciales de trabajo por exposición al calor, especialmente en actividades como las mencionadas.
El clima es un multiplicador de riesgos y la seguridad alimentaria no se libra de ello: encarece la dieta saludable, interrumpe las cadenas de suministro y golpea la agricultura familiar. De acuerdo con El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (SOFI) 2025, 8.2% de la población mundial enfrentó hambre en 2024.
Así, más allá de su impacto en la naturaleza, el cambio climático perpetúa la pobreza. Cuando el clima encarece alimentos, reduce jornadas y daña viviendas, aumenta el costo de vida y bajan los ingresos. El Banco Mundial advierte que, desde 2019, el progreso global casi se detuvo y que, con choques climáticos repetidos, erradicar la pobreza extrema tomará décadas.
Ejemplo inmediato de dicho impacto está en Poza Rica, Veracruz, y en las diversas comunidades que fueron afectadas por las lluvias torrenciales de octubre. La lección social es clara: sin alertas tempranas efectivas, evacuaciones oportunas y redes de protección, cada evento deja a los hogares más pobres, con pérdidas, deudas, sin trabajo y con meses (o años) de recuperación por delante. Ahí está el “cuello de botella”: quienes menos tienen, no pueden guardar margen para el próximo golpe.
La crisis climática no reparte sus costos por igual y está cobrando más a quien menos emite y menos recursos tiene para defenderse, mientras la brecha entre lo que se necesita y lo que se financia sigue haciéndose enorme. Mañana se conmemora el Día Internacional contra el Cambio Climático, un motivo más para recordar la necesidad de rediseñar la política social con el impacto de dicho fenómeno en mente.
