El ritual

“Eran sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen decirse a la tropa en cualquier batalla y que no es preciso entenderlas una por una, y que infunden confianza por el sólo hecho de ser pronunciadas… 
Entonces desapareció la monumental cara del Gran Hermano, y en su lugar aparecieron los tres eslóganes del partido en grandes letras: LA GUERRA ES LA PAZ. LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD. LA IGNORANCIA ES LA FUERZA”
 

Este párrafo está tomado de 1984, el libro de George Orwell, desde el cual el autor nos alerta, entre muchas otras cosas, del portentoso poder de la propaganda para determinar el devenir de las sociedades en cualesquiera de sus ámbitos. Sea en la religión, comercio, cultura, educación y, desde luego, en la política.

¡No importa lo que se diga, pues la gente lo creerá!, dicen los expertos en la propaganda. Y, por ello, creer es el verbo adecuado cuando se quiere explicar, con la genialidad con que lo hace Orwell, la tragedia que embarga a la humanidad cuando es subyugada, atrapada por las supersticiones y por quienes las propagan.

¿Puede haber algo que sea más diferente y contrario a la guerra, que la paz? ¡No! Sin embargo, el Gran Hermano es capaz, con la propaganda como medio, de hacer que la gente crea ¡que la guerra y la paz son lo mismo! ¿Puede creerse por los individuos y por las masas que la esclavitud es la libertad? ¡Sí! Y ello es posible porque quienes lo dicen son los expertos propagandistas como el Big Brother de 1984 y otros personajes que resultan necesarios, indispensables a las personas y sociedades cuando en éstas se han roto los vínculos civilizatorios que les unían.

En aquellas sociedades que son frágiles —porque han perdido la cohesión más básica—, la propaganda puede crear atmósferas emotivas, que lo sean al grado de que los Salvadores pueden alcanzar, dice Ernst Cassirer, “la agitación de violentas pasiones políticas, por los medios más simples. Una palabra, a menudo, basta para este objeto… Pero el hábil empleo de la palabra mágica no lo es todo. Para que la palabra pueda producir su efecto consumado hay que completarla con la introducción de nuevos ritos”. (El mito del Estado. Ernst Cassirer. FCE).

Para ejemplificar esa propaganda que se apoya en nuevos rituales, relataré esta historia: era el otoño de 2006 y, día con día, por las tardes, se llevaba a cabo, en el Zócalo de la CDMX (donde iniciaba el plantón de Reforma), un mitin en donde AMLO realizaba, consistentemente, su ritual propagandístico.

Uno de esos días me llama y me dice que en el mitin-ritual de esa tarde hablaría Porfirio Muñoz Ledo.

¡Mi sorpresa fue mayúscula! —pues Porfirio había abandonado el PRD despotricando en contra de Cuauhtémoc Cárdenas y del propio López Obrador. Les acusaba de haberse confabulado para evitar que él fuese el candidato presidencial en las elecciones de 2000—.

-¡¿Porfirio hablando en el plantón del Zócalo?!, pero si recién acaba de sufrir agresiones y chiflidos cuando se integró a la marcha contra el desafuero —le explico a López Obrador.

-Si le das el micrófono, la repulsa será mayúscula y las ofensas pueden llegar, incluso, al maltrato físico —reitero.

-Eso no importa mucho —me replica AMLO y, sin esperar otras razones, se retiró a su improvisado refugio: una casa de campaña ubicada atrás del templete.

Unos minutos más tarde, Porfirio tomó el micrófono y, conforme se acercaba, con pasos inciertos, al centro del foro, la sonoridad de los gritos y chiflidos aumentaba y, apenas comenzaba a hilar algunas frases de su discurso, los insultos con gritos y gesticulaciones aumentaron exponencialmente. ¡Fue lastimoso!

Termina el ritual y me acerco a la casa de campaña que, como digo, Andrés Manuel utilizaba como refugio durante los días del plantón.

-Fue terrible —le reclamo.

-¡Nada significa eso! ¡Lo que importa es que Porfirio ha sido regenerado! ¡La plaza purifica, Jesús! —me dice con aire solemne.

Porfirio Muñoz Ledo había sido purificado de muchos pecados, a decir de los allegados de AMLO, pero especialmente de haber sido, en el año 2000, el candidato presidencial del PARM, para, con ello, participar de la estrategia electoral de Vicente Fox en contra del PRD y de AMLO. Posterior a su candidatura, Porfirio fue parte del gabinete del guanajuatense y representante del gobierno panista.

Regenerar es la palabra mágica que utiliza López Obrador para alentar esas desenfrenadas pasiones políticas. ÉL puede, dice, regenerar a todos los individuos y al conjunto de la sociedad (¡qué delirio!) y, en ese propósito —rumbo a 2018—, recorre el país y junta gente en las plazas para, ceremonial de por medio, redimir a los impuros, salvar a los pecadores. Los regenerados pueden ser empresarios pillos y ladrones, pueden ser operadores de descomunales fraudes electorales, funcionarios públicos corruptos, integrantes de mafias del narcotráfico, etcétera, etcétera.

¡Peccata minuta! La pretensión de la Presidencia de la República bien vale los rituales para bautizar personajes a los que les urge… ser regenerados.

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