¡Por si las dudas!
Juan Nicasio Guerra Ochoa es un estimado compañero del PRD que hace años —cuando muy joven— fue guerrillero e integrante de la Liga Comunista 23 de septiembre. Posteriormente fue militante del Partido Patriótico Revolucionario y, a finales de los 80, participó en los trabajos de formación del Partido Mexicano Socialista.
Ahí, en el PMS, pude conocerlo y compartir aquellos esfuerzos de formación de este partido que aglutinaba en su seno a marxistas, maoístas, trotskistas, guevaristas, comunistas ortodoxos, socialistas, revisionistas, reformistas, ateos y también a muchos jóvenes, hombres y mujeres, que, siendo católicos, simpatizaban con la teología de la liberación.
Juan Nicasio Guerra Ochoa también fue diputado federal por el PRD y, al lado de otros compañeros y compañeras, participamos de aquellas negociaciones políticas de 1994 a 1996, que dieron como resultado la mayor ampliación de libertades cívicas y políticas que se haya dado en la segunda mitad del siglo pasado.
Una de esas reformas fortaleció la condición laica del Estado mexicano y, por ello, la convivencia que debiera ser civilizada entre autoridades civiles y jerarcas religiosos.
Estas reformas propiciaron, entre otras cosas, que durante una de las visitas que Juan Pablo II realizara a México, un grupo de diputados federales de la izquierda fuesen invitados a participar en un acto protocolario.
Se trataba de que tales diputados —representantes de uno de los poderes del Estado— saludaran personalmente al líder religioso y, de esa manera, se llevara a cabo un acto de convivencia democrática entre personas con pensamientos diferentes y, además, históricamente enfrentados.
En aquel entonces presencié tal evento por televisión. El Papa estaba de pie, a sus costados se encontraban un cardenal y obispos mexicanos y se iban acercando una decena de diputados de la izquierda. Uno por uno lo saludarían de mano.
En ese momento se aproximó el entonces diputado Guerra Ochoa. Ya de frente a Juan Pablo II, le estrechó la mano… pero no sólo eso: Guerra posó su rodilla en el piso y se inclinó ante el líder universal del catolicismo.
¡¿No podía creerlo?! Mi sorpresa creció conforme reafirmaba la convicción de que Juan Guerra no era creyente. ¡Es ateo, me había dicho, y de la Liga Comunista 23 de Septiembre!
Seguí viendo por la televisión. Observaba sorprendido esta escena y noté —esto puede ser subjetivo— que uno de los jerarcas esbozaba una maliciosa sonrisa apenas perceptible.
El arrodillamiento de Juan Guerra pasó inadvertido para la mayoría de las personas, incluidas las que militaban en el PRD y, en realidad, la prensa no le tomó demasiada importancia.
Algunos días después, en su oficina de la Cámara de Diputados, comentábamos de este hecho. Lo hacíamos con humor. Como si platicáramos de una ocurrencia.
-¿Qué fue lo que sucedió, Juan? ¿A qué lo de la rodilla? —le comenté, más chanceando que molesto.
-¡Desde hace años he sido agnóstico, Jesús! —me dijo con voz alta.
-¿Y entonces? ¿Por qué el arrodillamiento? —le insistí.
-¡Por si las dudas! —respondió y acompañó estas palabras con una risa de gran sonoridad.
Menciono esta anécdota porque esto es, precisamente, lo que están haciendo algunos empresarios de las televisoras.
¡No creen en López Obrador! Nunca le han tenido confianza, le critican severamente en conversaciones privadas, pero “¡por si las dudas!”, mandan a Esteban Moctezuma a que “doble la rodilla”.
Miguel Barbosa ha reiterado en infinidad de ocasiones que López Obrador es autoritario, despótico, totalitario, pero… “¡Por si las dudas!”, es que ahora le alaba, enaltece y diviniza.
¡Y qué tal que sí existe! ¡Y qué tal si llega! —se dice a sí mismo el senador Barbosa.
A personajes como Barbosa no les importa si son insensatas las ideas de AMLO, no les importa si son desatinadas para nuestro país, no les importa si resultan irracionales, no les importa que AMLO convierta todo México en un enorme río Jordán donde sumerge a todos los mexicanos para redimirlos. “¡Quien crea en mí, será perdonado!”, dice Obrador.
Y no pocos empresarios y políticos están diciendo: hay que zambullirnos “¡por si las dudas!”.
