La lentitud de las democracias
De acuerdo con el Reporte sobre la democracia 2024 del Instituto VDem de la Universidad de Gotemburgo, hoy el número de países con regímenes plausiblemente democráticos es ligeramente mayor al número de regímenes autoritarios: 91 vs. 88. Los regímenes del mundo ...
De acuerdo con el Reporte sobre la democracia 2024 del Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo, hoy el número de países con regímenes plausiblemente democráticos es ligeramente mayor al número de regímenes autoritarios: 91 vs. 88. Los regímenes del mundo parecieran estar divididos casi en partes iguales entre democráticos y autoritarios.
¿Esto es una buena o una mala noticia? Depende del punto de comparación. Si nos comparamos con cien años atrás, sin duda ahora hay más democracias que antes —y no sólo eso, también hay mayores ingresos promedio y una mayor expectativa de vida, etcétera—. Sin embargo, tan sólo 20 años atrás, las democracias tenían mayor ventaja. Peor aún, si se toma en cuenta que la población de cada país es distinta, hoy 71% de la población vive en un régimen autoritario, mientras que esta proporción era cercana a 50% apenas 20 años atrás. La democracia está en recesión o, cuando menos, a la defensiva en diversas latitudes del planeta.
Hay quienes consideran que no hay mucho de qué preocuparse porque, al final de cuentas, muchas presuntas democracias del mundo en realidad no se han traducido en grandes mejorías en la calidad de vida de sus habitantes. De hecho, en algunas dimensiones de política pública, los regímenes autoritarios han sido capaces de reproducir (o a veces simular) algunos avances del mundo democrático. Un ejemplo del razonamiento anterior lo ofrecen quienes admiran el crecimiento económico de China: “Mira, ni la democracia ni el Estado de derecho son tan importantes”. Curiosamente, muy pocas de esas personas parecen interesadas en emigrar a ese creciente y poderoso país.
Otra variante de los argumentos que, de un modo u otro, intentan normalizar o relativizar las regresiones democráticas aquí o allá es el siguiente: si la democratización o la alternancia en el poder no se tradujeron en mejor calidad de vida en general, no debe sorprender tanto que el electorado no se apresure a las urnas para defender regímenes o instituciones que poco han hecho para mejorar sus vidas. En ese caso, parecen sugerirnos, quizá valga la pena apostar por regímenes o gobiernos autoritarios que sí puedan ayudar a las mayorías.
En México, un ejemplo reciente del razonamiento anterior lo ofrecen quienes aducen que, si la primera o la segunda alternancia, los gobiernos divididos, el Poder Judicial, el Inai o el Coneval, etcétera, hubieran “hecho más por las mayorías”, la gente hubiera salido a las calles o a las urnas a defenderlos con más ahínco.
Veamos. ¿Es necesario desmantelar instituciones democráticas para combatir la pobreza o la desigualdad? ¿Cuantos casos exitosos conocemos de países que sacrificaron su democracia para poder beneficiar a las mayorías? ¿Cuántos países han logrado mejorar sustantivamente la vida de sus mayorías sin necesidad de instituciones democráticas, sin mecanismos de control gubernamental o sin dar garantías a los derechos humanos y las libertades políticas?
Por otro lado, quizá también hay que perder cierta ingenuidad. Si el sufragio universal, una conquista que hoy parece pequeña, no ha sido suficiente para producir avances sustantivos en muchos países, ¿debería bastar una alternancia o dos para desmantelar un régimen autoritario? ¿Deberían ser suficientes 25 años de elecciones competitivas para desmantelar un régimen de partido hegemónico? ¿Deberían ser suficientes 18 años de gobiernos divididos para consolidar contrapesos y una rendición de cuentas democrática?
En retrospectiva, es posible que para muchas personas la democratización de nuestro país parezca algo relativamente fácil de conseguir, pero no lo fue. También es posible que para algunos los avances conseguidos en los últimos 30 años hoy parezcan poco sustantivos, o poco dignos de ser defendidos. Sin embargo, si los logros de la transición democrática hoy parecen menospreciables, quizá la reacción más sensata sea exigir más de la democracia realmente existente, no menos, en vez de esperar más de un regreso al autoritarismo. Algunos tienen demasiada prisa en aplaudir, cuando lo urgente y necesario es exigir más.
