UNAM hacia la Cuarta Transformación

La dimensión y la fuerza emocional de la marcha universitaria del miércoles tomaron por sorpresa a los actores hoy obligados a responder al “¡ya basta!” de los jóvenes. “¡Están hasta la madre!”, asumió una funcionaria de la institución. Sí, se cansaron de ...

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

La dimensión y la fuerza emocional de la marcha universitaria del miércoles tomaron por sorpresa a los actores hoy obligados a responder al “¡ya basta!” de los jóvenes.

“¡Están hasta la madre!”, asumió una funcionaria de la institución.

Sí, se cansaron de lo que se nos ha hecho normal: pandillerismo, venta de droga como si fueran chicles, asaltos, violaciones y muertes misteriosas. Se hartaron del miedo.

El rector Enrique Graue acepta que los estudiantes tienen razón. Pero eso no borra el hecho de que las autoridades universitarias se han acostumbrado a la inseguridad en el territorio puma, bajo el consuelo de que ése es un problema nacional.

Esa pasividad y esa normalización de la violencia son vividas por los estudiantes como sinónimo de abandono.

Mientras en mis tiempos de ceuísta de los 80 hubo que ir de salón en salón para explicar que nos querían cobrar cuotas y eliminar el pase automático, hoy nuestros hijos, sobrinos y ahijados se enteraron casi en tiempo real de que sus compañeros del CCH Azcapotzalco fueron agredidos de muerte a las puertas de la Rectoría.

Y ante la capacidad de esta generación de viralizar la protesta en minutos, la reacción institucional fue lenta e insuficiente.

Se trata de un aletargamiento amparado en el discurso de que la inseguridad es cosa del país y en la autonomía como equivalente a resignación ante las conductas delictivas.

Por eso el grito de “¡Fuera porros de la UNAM!” desde tantas gargantas sorprendió a la Rectoría, a los gobiernos federal y local, y a sus relevos.

Ahora, todos están preocupados y asustados ante el riesgo de que, como en anteriores conflictos universitarios, las protestas se salgan de control. Tienen razón. Puede suceder.

Pero la solución no radica en señalar que la UNAM es rehén de intereses políticos. Ni en minimizar los reclamos bajo el lugar común de que los estudiantes son carne de cañón.

Por supuesto que la Universidad es arena de disputas partidistas y que desde siempre sus movimientos terminan por inclinar la balanza a favor de uno u otro grupo de las élites gobernantes. Eso no es novedad.

Como reportera que siguió la vida política de la institución en los sexenios de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, aprendí que era una ilusión pretender que fuera conducida por un liderazgo 100% académico.

Porque la realidad se ha empeñado en mostrar que esa Universidad reclama manejo y operación políticos, tareas que tras la huelga catastrófica de 1999-2000 desplegaron con éxito los rectores Juan Ramón de la Fuente y José Narro Robles con gestiones de ocho años cada uno. 

Exdirectores de la Facultad de Medicina, presidenciables, tenían el oficio para lidiar con las élites económicas, de la administración pública y partidistas.

Huraños y críticos con los dos gobiernos del PAN, De la Fuente y Narro fortalecieron sus nexos con las administraciones de la CDMX, PRI, PRD y con los representantes de la izquierda en la UNAM.

De la Fuente era secretario de Salud de Zedillo cuando fue llamado a rescatar a la UNAM de la huelga que duró 11 meses.

Al concluir su rectoría, Narro fue nombrado secretario de Salud por el presidente Enrique Peña.  

Con esos antecedentes y después de 18 años sin movilizaciones estudiantiles que pusieran en riesgo al rector, se activan de nueva cuenta las teorías de la conspiración.

“Quieren tirar al doctor Graue”, se quejan en la Universidad, mientras sospechan de sus exrectores, del gobierno federal y de los perdedores del primero de julio como autores de la provocación de este lunes.

Claro que importa saber quién mandó a los porros. Pero todavía ayer, la PGR y la Procuraduría capitalina jugaban al pin-pon.  Porque en los gobiernos salientes, a nadie le importa aclarar nada.

Y como viene sucediendo con el TLCAN, el NAIM, la suerte del Ejército, la Reforma Educativa, lo que ahora importa son las definiciones del Presidente electo, quien este lunes se reunirá con Graue, obligado a diseñar una estrategia política.  

Andrés Manuel López Obrador cuenta con todo para darle a la UNAM y a sus autoridades certidumbre: tiene a su lado a Marcelo Ebrard, quien, como colaborador de Manuel Camacho Solís, conoció los nexos de la gobernabilidad capitalina con la vida universitaria. Tiene a su lado a la futura jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, con amplia ascendencia sobre los directivos de la UNAM, al grado de que una integrante de la Junta de Gobierno, Rosaura Ruiz, será la secretaria capitalina de Educación.

Y lo inédito en la historia contemporánea de México: el 80% de la comunidad de la UNAM asegura haber votado por el Presidente electo.

Más todavía: el exrector De la Fuente es su amigo, será su representante ante Naciones Unidas y, sin duda, podrá ser un puente eficaz con las autoridades de la UNAM.

Sólo falta despejar dos dudas:

¿Estaba el rector Graue preparado para la llegada al poder del político más querido por los universitarios en su historia moderna?

¿Está listo López Obrador para definir qué sigue con la UNAM? ¿La quiere para cumplir sus promesas populistas de ingreso a los estudios superiores sin examen de por medio?

¿O va a poner su liderazgo al servicio de la estabilidad que ahora se tambalea?

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