El triunfo (sólo) político del Presidente

Del tamaño del éxito político de López Obrador también lo es la derrota política de la oposición y de todo espacio institucional que, hasta 2018, operaba como contrapeso del Poder Ejecutivo

A un año de su triunfo electoral, el principal éxito de Andrés Manuel López Obrador es el avasallamiento político de la oposición y de lo que él llama “nuestros adversarios”.

Respaldado por el 53 por ciento de los votantes, el Presidente tradujo ese mandato de cambio en un borrón y cuenta nueva en la relación que hasta entonces había tenido el Poder Ejecutivo con el resto de los componentes del Estado.

Y eso es lo que ha tenido éxito: la capacidad presidencial de convencer a la mayoría de los mexicanos de que ese cambio vale la pena.

Sin mejorías aún en los índices de seguridad y con indicadores económicos a la baja, ese éxito de López Obrador se alimenta de altos niveles de credibilidad y confianza.

Porque, gracias al crédito de su palabra, el Presidente ha logrado convencer a millones de que las estancias infantiles tenían niños fantasma, que el proyecto del aeropuerto de Texcoco era un sucio negocio, que las ONG eran unas rémoras y que los organismos autónomos operaban como intermediarios entre el gobierno y los intereses privados.

Y es que, hoy por hoy, todas las encuestas de opinión confirman que la gente cree tanto en el diagnóstico como en los pronósticos de cambio del Presidente. Y confía en la explicación de que no pueden darse prontos resultados con ese paquidermo artrítico que le dejaron.

Así que del tamaño del éxito político del Presidente también lo es la derrota política de la oposición y de todo espacio institucional que, hasta 2018, operaba como contrapeso del Poder Ejecutivo: organismos autónomos, gobernadores, poderes Legislativo y Judicial, empresarios organizados y organizaciones de la

SOCIEDAD CIVIL.

Llama la atención que, a diferencia del Partido Acción Nacional y del Partido Revolucionario Institucional, sólo el Partido de la Revolución Democrática haya salido a dar la cara, el domingo 23, en un intento de relanzamiento y de sumar lo que le queda con diversos liderazgos que se reivindicaron como socialdemócratas y liberales dispuestos a contener “la restauración autoritaria que enfrenta México” y “la peligrosa deriva populista”.

Nos referimos a Futuro 21 que, según su documento inaugural, es una plataforma que buscaría convertirse, para las elecciones legislativas, en “una alternativa unitaria frente al mal gobierno”.

Entre los impulsores de esa iniciativa están el senador Miguel Ángel Mancera, el gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, el excandidato presidencial de Nueva Alianza, Gabriel Quadri de la Torre, y el ala perredista de Los Chuchos y Los Galileos.

Este esfuerzo teórico de Futuro 21 contrasta con la pasividad del PAN, incapaz un año después de reivindicar a su excandidato presidencial, Ricardo Anaya, víctima del montaje y de los cálculos electores del priismo peñista.

Y a pesar de que el déficit de los convocantes de ese proyecto es el trabajo de tierra, destaca el esfuerzo de al menos sacar la cabeza, en un momento en que los administradores del PRI optan por someterse al visto bueno presidencial, apuntalando para la dirigencia del partido al gobernador con licencia de Campeche, Alejandro Moreno Cárdenas.

Si bien Movimiento Ciudadano es una fuerza emergente, su principal figura, el gobernador Enrique Alfaro Ramírez, no logró construir todavía un referente de contrapeso.

Y como todos los mandatarios estatales de oposición, afronta el avasallamiento presidencial que encuentra la mayor expresión mediática en las rechiflas que en su contra estallan en las asambleas donde López Obrador sigue como en campaña.

En el caso del empresariado, se afirma que la mayoría comparte las críticas que, desde Coparmex, Gustavo de Hoyos hace a la falta de señales de certidumbre para la inversión.

Lo cierto es que, en los hechos, el sector había optado por el optimismo retórico del presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Carlos Salazar Lomelín, quien apenas esta semana se atrevió a romper la luna de miel.

Mientras los contrapesos se paralizan o callan, el éxito político de López Obrador radica en haber convencido a millones de que criticar la viabilidad de sus apuestas equivale a defender el indefendible pasado que él derrotó en las urnas. 

De manera que, sin investigaciones de corrupción de por medio, con tan sólo pronunciar que él sabe de los excesos y de las transas de “nuestros adversarios”, estos han sido debilitados en su imagen pública, en su moral y en su capacidad política para cuestionar al gobierno.

Ese éxito que se sustenta en la retórica explica la respuesta soberbia, grosera y sin precedentes de la secretaria de Bienestar, María Luisa Albores, a la recomendación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) por la forma en que fueron desmanteladas las estancias.

Es un éxito que corre el riesgo de convertirse en posverdad, entendida como el deseo de creer por encima de los hechos.

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