Cambio climático: hacia un nuevo paradigma mundial
Poner de acuerdoa los miembros de la Convención es claramente un reto superlativo...
Considerando que el sistema mundial, basado en la igualdad jurídica de los Estados, no está diseñado para resolver problemas de racionalidad colectiva en torno a los bienes públicos, lo cual requiere un gobierno mundial, es común encontrar interpretaciones encontradas, en la lógica del vaso medio lleno o medio vacío, sobre los resultados de las negociaciones climáticas.
El mero hecho de albergar exitosamente a los 196 países que son miembros de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, y a miles de representantes académicos, de la sociedad civil y del sector privado, y mantener las negociaciones es visto por los realistas como un logro. Para los optimistas, cada año las expectativas son altas y los resultados, una gran decepción.
Poner de acuerdo a los miembros de la Convención es claramente un reto superlativo y, para los más cínicos, más bien inalcanzable, pues el cambio climático es un tema tan crucial que, si bien comúnmente se le percibe como uno ambiental, lo cierto es que es uno que implica una transformación del modelo de desarrollo económico, que ha estado basado, desde la Revolución Industrial, en las energías fósiles, cuya quema genera los gases efecto invernadero (GEI) que aumentan la temperatura del planeta.
Aunque la agenda de las negociaciones climáticas es muy compleja (e incomprensible para un público no experto en la materia), los dos puntos nodales y correlacionados son la diferenciación y el financiamiento. Lograr acuerdos sobre la reducción de emisiones (mitigación), siguiendo el principio de la Convención de “responsabilidades comunes pero diferenciadas,” ha sido imposible dadas, por un lado, la igualdad jurídica de los casi dos centenares de países miembros de la Convención, y, por otro, la enorme desigualdad de capacidades que existe entre ellos. Este principio encierra una concepción de igualdad histórica, mediante la cual los países desarrollados son responsables de la acumulación de las emisiones de GEI (resultado del uso de energías fósiles para su desarrollo), pero las economías emergentes, en particular China e India, son la fuente cada vez mayor de las emisiones presentes y futuras. Mientras, los países menos desarrollados son los más vulnerables ante los efectos del cambio climático.
De ahí que, por 20 años, el impasse de las negociaciones climáticas haya sido la reticencia de los países desarrollados por asumir compromisos obligatorios para reducir emisiones, si las economías emergentes no están dispuestas a hacerlo también; y la insistencia de los países en vías de desarrollo de que los desarrollados, además de asumir un liderazgo en la mitigación, pongan los recursos financieros (a razón de 100 mil millones de dólares al año, a partir del 2020) necesarios, ahora no nada más para que los menos desarrollados asuman acciones de mitigación sino también para la adaptación a los efectos del cambio climático, los cuales ya significan costos muy altos en infraestructura, pérdida de actividad económica e incluso de territorio y vidas humanas.
A la luz de los recientes acuerdos climáticos entre Estados Unidos y China, se esperaba que la reciente reunión en Lima representara un punto de inflexión para romper la camisa de fuerza que ha impuesto la interpretación a la “diferenciación” que quedó cristalizada en el Protocolo de Kioto. Es decir, que ya todos los países (quizá con excepción de los más pobres y de los países-islas), y no solo los desarrollados, hicieran una contribución a la mitigación y así limitar el aumento de la temperatura del planeta a menos de 2 grados centígrados, como lo ha recomendado la comunidad científica para impedir impactos irreversibles no sólo en el sistema climático sino en otros ecosistemas planetarios.
El Acuerdo de Lima no logró avanzar en este sentido y tampoco en el compromiso de los países desarrollados por incrementar sus aportaciones financieras, las cuales apenas alcanzan el 10 por ciento de la meta planteada, dejando así las decisiones en torno a éste y el otro asunto crítico (el de la diferenciación) para la próxima reunión en París, que seguramente repetirá el patrón de comportamiento de las últimas dos décadas. Lo que se requiere es un cambio paradigmático en las negociaciones climáticas.
Paradójicamente, la volatilidad e incertidumbre en el sector petrolero a nivel mundial puede convertirse en un estímulo para que el sector privado asuma el liderazgo, haciendo que la transición hacia economías bajas en carbono sea una oportunidad de negocio, innovación y crecimiento. No será la primera vez que las acciones del sector privado resuelvan la inacción gubernamental. Ojalá el sector privado llegue a esta conclusión antes de que sea demasiado tarde.
*Doctora y maestra en relaciones internacionales por el Instituto Global para la Sostenibilidad y el EGADE Business School-Tecnológico de Monterrey
