Ulises y la pérdida del pacto entre extraños (Parte II)

¿Cómo recuperamos el respeto al otro, a la casa del otro, a la generosidad del otro?, ¿cómo hacemos que tener lo que tiene el otro se convierta en el motor de cualquier acción? Ante estas dos preguntas (inspiradas en el filme de Christopher Nolan), que quedaron pendientes en el artículo anterior, es claro que recuperar el respeto exige, entonces, pactar de nuevo.

Convengamos que la profundidad del pacto social no se agota en los griegos y que Rousseau sentó una de las bases filosóficas de la estructura política moderna, al hablar de la importancia del contrato social, el cual, de no existir, llevaría al humano a la barbarie. No hay alternativa, la humanidad no puede dejar de ponerse de acuerdo. Este autor nos enseñó que no hay otro remedio más que la suma de fuerzas para vencer la resistencia y accionarla en común acuerdo. Las personas no son más que personas y se requieren unas a otras para sobrevivir al mundo y a sí mismas. De lo contrario, no hay pacto y estaríamos abandonados a la ley del más fuerte.  

Pero, ¿con quién se pacta? Asociarse siempre tiene que ver con otro, uno que primero es parte de mi familia, de mi casa, pero que más allá es el extraño. Pareciera, entonces, que el pacto de hospitalidad es anterior, como dinámica humana (no en el sentido histórico) y  antes que el contrato social. De tal manera que el primer “contrato social” no fue entre ciudadanos, sino entre un ser humano y el extraño que llega a su puerta. El extraño representa una posibilidad, nunca una garantía. En el fondo, la pregunta es sobre la migración. ¿Cómo es, entonces, la ley de Zeus de recibir al huésped? ¿Cómo se corresponde con la obligación del huésped a respetar a quien lo recibe?

Pensemos en las situaciones del anfitrión y del que llega. Quien recibe está adentro y se arriesga al abrir, no conoce las intenciones de quien llega. ¿Cómo saber de las posibilidades que se pierde si no abre? Del otro lado de la puerta también hay un universo pasando. ¿Qué es llegar a un lugar después de una Odisea? ¿Qué espera el que llega? ¿Tiene miedo? También está poniendo su vida en manos de un extraño. Cuando se ha decidido abrir esa puerta y el extraño ha traspasado el umbral ¿A qué se obliga el que abre? Quizá la pregunta más importante es ¿a qué se obliga el que llega?

Existe un racismo del que ciertas políticas públicas no son conscientes, y menos quienes las exhiben con aires de superioridad moral, que exigen menos al extranjero que a quien ya pertenece a la comunidad. Cuando un ciudadano comete un delito se le exige responsabilidad. En varios países europeos cuando un extranjero lo hace, se le explica (como si no supieran que matar o el abuso sexual están penados), se le disculpa y se les aplican penas menores. Cuando esto sucede, se le roba la posibilidad de entrar en la civilización y se le permite que siga con sus pulsiones agresivas, sádicas o violentas. Como si por ser foráneo no entendiese las reglas elementales de convivencia. Esto no es tolerancia, es desprecio. Es mirarlo como alguien tan menor, tan primitivo o tan incapaz que ni siquiera merece que se le exija lo que al resto de los ciudadanos.

La verdadera acogida reconoce al extranjero como un igual que responde por los propios actos. Pensar que el otro tiene derecho a comportarse como malandro, porque no sabe diferente, es la manera más indigna de mirar al extranjero.  

La xenia es un derecho y un pacto, y como todo pacto debe ser defendido y cuidado. Dejar que el otro haga su antojo sin respeto no es tolerancia, es miedo a parecer intolerante. Con lo cual el mensaje no está dirigido al forastero, sino a las almas con superioridad moral. El fracaso de xenia no es sólo de parte del inmigrante, sino de quien no pone límites a ese choque. En el fondo, cometer delitos en el lugar de acogida es el resultado de la envidia: cuando no puedo tener lo que el otro tiene, lo destruyo. Cuando no me parece lo que el otro tiene, lo destruyo. ¿De qué se trata defender la xenia? ¿Cuáles son sus límites? ¿Qué recursos tenemos para repensar la acogida?

La humanidad misma requiere una odisea para volver a sí misma. No para ser Odiseos ni dioses, sino para retomar los lazos de un pacto social que mueva la humanidad en una misma dirección, una polis que cuide de los instintos más bajos de voracidad y de envidia. Porque el humano no es fundamentalmente bueno, en eso falla Rousseau; el hombre es un mamífero cargado de pasiones que requiere educación y límites. La bondad puede ser un atributo de los hombres, pero de ninguna manera está garantizada. Los límites son el marco para que la bondad sea posible. 

Entonces, ¿cómo volvemos a nosotros mismos? Cada uno tiene su propia odisea, pero juntos compartimos otra.

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