Lo que queda cuando termina el Mundial

En el momento de leer estas líneas ha terminado ya el torneo del Mundial con España campeona, y México ubicado en un honroso noveno lugar. Esta Copa del Mundo no sólo se jugó en la cancha, sino también en la mente de quienes lo observaron. Por eso, cuando se termina, nos quedan escenas, emociones y formas de relacionarnos que, vistas con un poco de distancia, terminan diciendo tanto sobre la vida cotidiana como sobre el futbol.

Existieron partidos extraordinarios, y aquí hay apenas algunas reflexiones de lo que nos dejan pensando. Quizá con el paso del tiempo se puedan seguir agregando más, porque uno aprende en el presente, pero también cuando ha corrido el agua. Freud lo llamaría (après coup): darte cuenta de algo cuando ya pasó; no en el momento.

Una de las lecciones más importantes para la vida cotidiana es que si te guardas y achicas tu juego para no perder, al final terminas perdiendo. Esto fue lo que sucedió en el juego Inglaterra-Argentina. En esta vida no puedes dejar de jugar porque es la mejor manera de perder. Pensar en sólo defenderse activa la psicología de la escasez: la creencia de que no es posible hacer o tener más y que se debe guardar lo poco que se tiene. No se trata de la avaricia de siempre querer más, sino de evitar que se paralice la propia creatividad para seguir viviendo. Al final, ésa es una forma de seguir ganando; no contra otro, sino sobre la propia vida.

El Mundial es una ocasión única para observar cómo se desborda la pasión cuando se es parte de una afición. Muestra que en un mundo organizado con normas y reglas para vivir en comunidad, la pasión se guarda en lo íntimo, pero que aprovecha la menor oportunidad para expresarse. También mostró el lado letal de la pasión. Cuando no existen límites ni cuidados, ésta puede provocar estampidas que convierten en tragedia lo que debían ser sólo festejos. ¿Pero cómo se habla con una pasión? ¿Acaso se le puede hacer entender? Es por esto por lo que el Estado tiene obligaciones con sus ciudadanos. En esos momentos, la agresión también busca manifestarse bajo el pretexto de la euforia, pero termina en momentos terribles, como el incidente en Baja California, donde un coche fue vandalizado y todo terminó en una tragedia. En menor grado, la agresión se abre camino insultando, vituperando o intimidando al contrario.

Otro momento, más emotivo, es el reencuentro y la fraternidad de los aficionados. Muestra de esto fueron los festejos en el Ángel, la Minerva y la Macroplaza; una fiesta que se convirtió en un auténtico jolgorio, que pasó de celebrar a un equipo a mirarse a los ojos y celebrar el estar juntos, el tener un motivo para celebrar y, sobre todo, el tener con quien compartirlo. En muchos momentos, esos otros ya no son necesariamente del mismo país; incluso la alegría ajena la podemos hacer nuestra, y así en la vida tendremos más razones para celebrar.

En el caso de México, resulta conmovedora la mirada del otro que te reconoce en aquello que es tan tuyo que no podías ver: la hospitalidad, la generosidad. Las aficiones visitantes que pudieron sentirse como en casa o, en algunos casos, mejor que en ella, como ocurrió con Japón, Corea del Sur, Brasil, Irán y la sorprendente nueva fraternidad con Inglaterra.

No podemos dejar pasar la importancia de no dejar de jugar hasta el último minuto. En sus últimos partidos, México no dejó de esforzarse sino hasta el final, esto llenó de orgullo a su afición, que en un principio parecía desconectada. Así en la vida: queda vivir hasta lo último y no pensar que porque algo parece perdido, el juego ya se ha acabado. Otros equipos mostraron que se puede ir perdiendo y, aun así, remontar, que cada minuto cuenta. Así, cada esfuerzo en la vida cuenta y la posibilidad de recuperarse y remontar es ya una forma de ganar.

Qué importantes son la gracia y la elegancia para ganar. Después de ganar hay diferentes formas de arroparse con el triunfo: la primera —y la más importante— es el respeto por el adversario caído. Cualquier celebración que menosprecie al rival pierde la gracia. Hay maneras de celebrar que enorgullecen, porque al final somos más que una rivalidad, y mucho más que un conflicto. Aquel que ve en el rival un enemigo ha perdido la posibilidad de encuentro, de negociación y de volver a medirse nuevamente en una justa.

Al final, saber dejar atrás es el primer paso para poder jugar de nuevo.