El Mundial que nos devolvió a México

El Mundial ha generado una fiesta propia, la de México, la de las calles y avenidas; no del Estado. Un evento en la cual el mexicano recuerda lo que es estar en una fiesta nacional, no en un rito impostado (como la ceremonia del Grito), no en una ceremonia que le pertenece al gobierno y del que el pueblo participa.

No se trata de unirse a la ola mundialista como oportunismo, sino de reconocer el fenómeno independiente de la academia, los intelectuales o de cualquier institución. Es el fenómeno que el Mundial está generando en México. En mi artículo anterior invitaba a reflexionar sobre cómo el Mundial se celebraba entre grietas. Y cómo México se comporta como ese diente de león que florece en el concreto: ahí en ese lugar donde se cree que no puede haber vida, florece. Y es exactamente lo que ha sucedido con la fiesta mundialista. Se inaugura en un país con grietas sociales, crisis de inseguridad, decenas de miles de desaparecidos y centenas de miles de asesinados, una ciudad insegura, con nulo mantenimiento, boletos imposibles de acceder para el público en general y un Estado desinteresado en el sentir social festivo, que cumple de manera burocrática con la cuota de organizar un mundial compartido con los vecinos del norte.

Aun así, sorprende a propios y extranjeros la capacidad de hacer de un deporte una fiesta que desborda alegría y espontaneidad de manera muy particular. Es como si el mexicano estuviera abierto a recibir cualquier gota de lluvia que le ayudase a florecer. Y es que, parafraseando al escritor y aficionado al futbol Juan Villoro, el futbol permite estar en ese “perpetuo estado de infancia, el aficionado al futbol busca capacidad para la magia, y en especial los mexicanos nos celebramos a nosotros para no tener que celebrar a nuestro equipo”, aunque sabemos que la esperanza es lo único que muere.

La atención es tal que incluso el crimen organizado se encuentra concentrado viendo los partidos del Mundial, como lo confirmó el diario español El País el 17 de junio: “La fiesta del Mundial afianza la reducción de los asesinatos en México. El país registró el día del partido inaugural y este martes dos de las jornadas con menos homicidios dolosos de la última década, una tendencia que se ha consolidado en el último año”. Sin embargo, es notoria la poca atención que Palacio Nacional ha puesto sobre el tema. La emoción social existe, pero no parece haber sido canalizada políticamente. Lo organizó lo suficiente, pero no entendió lo que significa emocionalmente el futbol para millones de mexicanos. Si bien logró su encabezado en The Guardian, México sabe que muchos no lograron llegar al estadio, pero que llenaron las calles, las plazas públicas o los restaurantes.

Pese a esa desconexión, el Mundial ha generado una fiesta propia, la de México, la de las calles y avenidas; no del Estado. Un evento en la cual el mexicano recuerda lo que es estar en una fiesta nacional, no en un rito impostado (como la ceremonia del Grito), no en una ceremonia que le pertenece al gobierno y del que el pueblo participa. Que nos recuerda algo que se nos olvida de nosotros mismos, que es una herencia de generaciones, que tiene que ver con la hospitalidad, la generosidad, el que siempre podamos recibir a alguien más; el ahorrar para tener una fiesta en la que celebrar juntos. La mirada sorprendida de los extranjeros nos recuerda nuestra enorme capacidad de acogida, que es independiente del si hay o no hay; en el compartir alegrías y comida existe más una mentalidad de la abundancia que de la escasez. 

Además, lo sorprendente no es que México organice un Mundial. Lo sorprendente es que sea capaz de celebrar sin haber resuelto sus heridas. Muchos países festejan porque están bien. México festeja mientras carga a sus desaparecidos, sus muertos, sus injusticias y sus desencantos. No celebra porque ignore el dolor; celebra porque ha aprendido a convivir con él.

¿Para qué quieres un festival de color si no tienes los colores en el corazón compartido para celebrar? Y así, entre grietas, llenos de dolor, tomados de la mano, de la tragedia de los desaparecidos y de las madres buscadoras; de la corrupción y el descaro del gobierno, tenemos adentro un germen que recibirá con entusiasmo la capacidad de celebrar. Y aun en el dolor, siempre encontraremos lugar para celebrar en las grietas del corazón. 

Como México no hay dos.

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