La familia no es un mundo fijo (parte II)

Uno de los orígenes de la familia es la relación amorosa. Pero también sucede que estas relaciones, en unos momentos felices, terminaron y toca preguntarse (aunque es difícil):¿y después qué? Primero, porque preguntarse es asumir, casi por primera vez y sin darse cuenta, que ese vínculo terminó y es necesario cuestionarse qué cosas al interior de uno mismo necesitan moverse, aunque muchas veces el yo se resista de manera desesperada.

Cabe seguir reflexionando, como en el artículo anterior, acerca de la familia. En un mundo que se mueve tanto, ¿quiénes forman parte de esa familia con la que se comparte lo cotidiano? Las separaciones, los divorcios, las mudanzas, dentro y fuera del país, tampoco permiten pensar en las familias como grandes instituciones, lugares inalterables y con poco movimiento (la abuela Coco es un lindo mito).

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Uno de los orígenes de la familia es la relación amorosa. Pero también sucede que estas relaciones, en unos momentos felices, terminaron y toca preguntarse (aunque es difícil): ¿y después qué? Primero, porque preguntarse es asumir, casi por primera vez y sin darse cuenta, que ese vínculo terminó y es necesario cuestionarse qué cosas al interior de uno mismo necesitan moverse, aunque muchas veces el yo se resista de manera desesperada.

Al duelo de la pareja se le han dedicado canciones, poesías y vituperios. Sin embargo, ¿qué le sucede al universo que acompañaba esa vida en pareja y que en muchos de los casos desaparece tan rápidamente como cuando se desconecta un cable a la corriente?

Cuando uno se casa, se casa con la familia, pero en este mundo en el que las separaciones son cada vez más frecuentes, ¿qué sucede con las relaciones que comenzaron siendo una formalidad legal y terminaron siendo reales? Sobre todo porque entró esa variable del tiempo por las contingencias propias de la vida; por ejemplo, en el caso de las mujeres, si se está embarazada, quiénes acompañarían ese estado o quiénes lo celebrarían; también se puede pensar cuando se está desempleado, en dónde y con quién se pasan las horas angustiosas que transcurren entre la búsqueda y la espera del encuentro. Si se está triste y no se quiere salir de casa, ¿quién sabe que uno no está saliendo? ¿Quién nota cuando se desayunan? ¿Con quién se toma el café? Si están en una familia y nadie lo nota, entonces, quizás algo está pasando.

Dentro de estas rupturas no todos los vínculos reaccionan igual. En los casos en que la relación dejó más una herida narcisista, el dolor puede ser muy grande, al grado que no hay perdón, no hay olvido. La presencia de ese otro que dejó de ser pareja es intolerable, revive constantemente el dolor de la fractura narcisista. La agresión se convierte en el tono principal del vínculo y cualquier palabra o mensaje e incluso silencio es motivo perfecto para comenzar una batalla. Desdén, el amor convertido en odio. Cada reencuentro puede doler.

En los casos en que la relación hubiese sido más de otro tipo, un complemento (sin llegar a la completud), quedó un vacío. Como todas las verdaderas pérdidas, no se llena del todo, se elabora y se sigue adelante. Con una gratitud vestida con cierto dejo de tristeza y nostalgia, aunque mayormente con gratitud. No sabemos cómo era la relación (narcisista o complementaria) hasta que suceden los reencuentros, cuya anticipación puede padecerse por la incertidumbre. No todos los adioses se negocian, ni siquiera es posible hacerlo.

De pronto, al pasar de los años, la familia se encuentra de nuevo, se reconoce y se da cuenta de que siguen siendo primos y sobrinos… Saberlo recupera y resignifica el pasado. Es tan fácil, como pensar que en muchos casos esas personas con las que se criaron los niños propios o de los otros muy cercanos dejaron de ser familia “política” a ganarse una relación por derecho propio. Quizá sí se logra pensar con gratitud esos momentos en los que se compartió el tiempo con ciertas personas y se puede descubrir cómo se fueron haciendo, poquito a poquito, parte de nosotros.

Y, sin embargo, el vínculo está roto. Hay cariño, pero ya no hay cotidiano. Ése es el presente de las despedidas del pasado.

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