Por Marisol Escárcega
Simone de Beauvoir señalaba que el trabajo es lo único que puede garantizar la libertad completa de las mujeres. Gran verdad, no tenerlo puede desembocar en una situación de vulnerabilidad en donde esa mujer estará a expensas de lo que su pareja, padre, hermano, hijo… quiera darle.
De entre todos los tipos de violencia, la económica, es de las más peligrosas, sin embargo, es invisible no sólo a los ojos de la víctima, sino de la sociedad en general.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021 del Inegi, 9.7 millones de mexicanas fueron víctimas de violencia económica, dos de cada 10 controladas o chantajeadas económicamente, despojadas, coaccionadas o les incumplieron alguna responsabilidad económica.
En los juicios por divorcio, por ejemplo, los hombres siempre argumentan que las parejas no trabajaron, que ellos eran el único sostén económico de la familia, pese a que, el trabajo doméstico, invisibilizado, menospreciado y no remunerado, es esencial para el funcionamiento de cualquier familia.
Y es que también muchas mujeres no identifican la violencia económica como un abuso y no lo denuncian. Esto se debe a que nos enseñaron que los quehaceres en casa no son trabajo y que dedicarnos a cuidar la familia y el hogar es un deber, de ahí que muchas se sienten mantenidas, aunque de ninguna manera lo son.
De hecho, la SCJN determinó en 2018 que debe haber una compensación económica, de acuerdo con lo previsto en el artículo 267, fracción VI, del Código Civil aplicable para la Ciudad de México, a favor del cónyuge que durante el matrimonio se dedicó al trabajo del hogar y cuidado de los hijos en mayor medida que el otro.
No es cosa menor, la violencia económica es ese control que se ejerce, mayoritariamente a las mujeres, en la que se restringe, manipula, chantajea el dinero, lo que merma gravemente la autonomía personal, económica y social de las mujeres, y provoca que dependan aún más de ese hombre.
Sin embargo, el problema de la violencia económica, no sólo es lo obvio, el dinero, sino también otras situaciones (o modalidades de violencia), como el sabotaje laboral, es decir, que, quien tiene el poder hace todo posible para perjudicar el desarrollo profesional de la mujer, como cuando una pareja tiene hij@s, pero el hombre no asiste a juntas ni actividades escolares y es la madre la que debe arreglárselas para asistir a esos eventos, aunque para ello deba arriesgar su empleo.
La violencia económica refuerza otro tipos de violencia que, al final del día, sólo someten aún más a esas mujeres que se encuentran en la disyuntiva de salir o no de esas relaciones, ya que no tienen ingresos propios para salir adelante. Se han preguntado a ¿cuántas mujeres conocen que se quedaron en malas relaciones porque no contaban con recursos para independizarse?, ¿sus madres?, ¿abuelas?, ¿hijas?
Recordemos, el mismo hombre que te pide que te quedes en casa para “cuidar del hogar y de l@s hij@s”, porque él va a cubrir todas tus necesidades, es el mismo que un día te va echar en cara cada centavo que “ha gastado en ti”. El mismo hombre que te asegura que te va a apoyar para que sigas estudiando o con tu desarrollo profesional, es el mismo que te reprochará que “no serías nada sin él”.
El mismo hombre que te dijo que cada cosa que había en la casa era de los dos, es el mismo que cuando intentas divorciarte o separarte de él te dirá que todo está a su nombre o que “tú no pusiste nada para comprarlo”.
Depender económicamente de un hombre, no importa cuán buena persona sea, es un craso error que ninguna mujer debería cometer. Por el contrario, tener un ingreso propio es una de las primeras metas que cada una deberíamos fijarnos, porque eso nos dará seguridad y sobre todo, nos garantizará, en gran parte, nuestra libertad.
