Los futuros migrantes de Guerrero: inequidad social y cambio climático
Por Martha Daniela Guerrero* En las últimas semanas, nos hemos enfrentado a la devastación que el huracán Otis dejó tras su furioso paso por Acapulco la madrugada del 25 de octubre. La destrucción y pérdida en el icónico puerto son inmensas. Las cifras oficiales de ...

Imagen de la Mujer
Imagen de la Mujer
Por Martha Daniela Guerrero*
En las últimas semanas, nos hemos enfrentado a la devastación que el huracán Otis dejó tras su furioso paso por Acapulco la madrugada del 25 de octubre. La destrucción y pérdida en el icónico puerto son inmensas. Las cifras oficiales de muertos y desaparecidos no capturan a los pescadores, jamás salieron del mar; sus familiares esperan noticias todo el día. La tasa de servicios “interrumpidos” no transmite ni la oscuridad que cubre las calles cuando anochece ni las miles de familias sin agua potable. El número de “damnificados” no refleja a quienes perdieron sus hogares y todas sus pertenencias en cuestión de minutos. A pesar de los esfuerzos por medir el impacto humano de Otis, cada día nuevas historias nos recuerdan que las verdaderas dimensiones de esta crisis humanitaria y económica aún están por verse.
Otis representa un símbolo de vulnerabilidad compartida ante un clima fuera de control. Exclusivos departamentos y hoteles en Punta Diamante enfrentaron las ráfagas e inundaciones igual que las casas de adobe de la colonia Icacos, y las pérdidas de multinacionales, como Walmart, coexistieron con la desaparición de cosechas, el sustento de poblados enteros. También abrió una ventana a la profunda desigualdad que por décadas marcó el desarrollo de Acapulco, uno de los polos más productivos de un estado donde 85% de la población vive en pobreza y pobreza extrema.
El auge turístico se forjó a base de asimetrías. En Acapulco viven más personas en pobreza extrema, pero es refugio de la clase alta de México y otros países. Las desigualdades son resultado de la construcción de exclusivas zonas residenciales y hoteleras, las cuales empleaban a cientos de miles de guerrerenses. Mientras viajeros y propietarios esperan la reconstrucción desde lejos, el personal que hacía girar la máquina turística está desempleado, enfrenta el abandono gubernamental, la militarización, al crimen organizado, al hambre y a la desesperanza. Para algunos, Otis es la destrucción de un paraíso vacacional, pero para muchos en la desigualdad, el histórico desastre es el fin de una forma de vida.
La tragedia anuncia un éxodo interno y externo, sobre todo si consideramos la tradición migratoria de Guerrero hacia Nueva York, California y Chicago. Para quienes lo han perdido todo y conocen los circuitos móviles de trabajo y familia que abarcan generaciones, buscar la supervivencia en Estados Unidos no es nuevo.
Aunque aún no hay cifras de migración, se prevé el movimiento de muchos acapulqueños durante los siguientes meses y años.
Desde 1990, una mezcla de desastres naturales ha generado olas migratorias de Guatemala, Haití, El Salvador y Nicaragua. Si bien algunos refugiados climáticos llegaron a EU –que desmantela su sistema de asilo–, muchos se quedaron en México. Los refugiados hoy nos recuerdan que el desplazamiento climático y económico no tiene nacionalidad.
Conforme el planeta se calienta y fenómenos meteorológicos que parecían imposibles se vuelven la nueva realidad, Otis advierte las nuevas dimensiones migratorias de la crisis climática.
*Estudiante de doctorado en Historia, Yale University.
Maestra en periodismo, Columbia University.