Por Laura Coronado Contreras*
¿Quién no recuerda cómo jugábamos a los “congelados” en el patio del colegio y fingíamos no movernos? Y justo, así…. con el 1, 2 y 3… pareciera que estamos como mujeres en el mercado laboral. Recientemente, el colectivo Caring men intervino una serie de estatuas en Alemania con mochilas y cangureras. De manera obvia, querían mostrar si dichos próceres, hubieran podido lograr el reconocimiento en sus trayectorias si además hubiesen tenido que cumplir con deberes de cuidado como lo hacemos las mujeres, es decir, llevando a niños a la escuela o a los abuelos al médico.
Al igual que en Alemania, según datos oficiales, las mujeres mexicanas dedicamos más de 40 horas semanales al trabajo no remunerado mientras que, los hombres, en el mejor de los casos, sólo 15. En contraste, otros países de la OCDE como los nórdicos tienen una brecha mucho menor, las mujeres dedican 30 horas y los hombres 24. El propio Inegi indica que las labores domésticas equivalen a 24.3% del PIB nacional, es decir, superan a muchos sectores económicos.
¿Serían impagables sus servicios? ¿Una situación así nos deja petrificadas?
Además de lamentarnos, o seguir sintiéndonos inmóviles, lo que sí podemos ver —y seguir empujando— son algunos pasos para, no sólo visibilizar el peso de cuidar a niñas, niños, adolescentes o adultos mayores, sino equilibrar más la balanza laboral y, obviamente, en nuestros hogares. Por ejemplo, no sólo basta con el reconocimiento de esta situación por la SCJN, sino un marco regulatorio que, de manera efectiva, promueva las grandes ventajas que implica el home office. Con ello, podríamos, sólo por citar un beneficio, evitar que la presencialidad —y las distancias absurdas de traslados— sea un obstáculo para el desarrollo profesional de las mujeres o un dique para la ayuda por parte de otros miembros de la familia.
Aunque pareciera que, tras seis años de la pandemia por covid-19, el regreso a las oficinas ha sido el común denominador; si analizamos a detalle ciertas estadísticas podríamos ver un panorama más alentador. Por ejemplo, para la generación Z (18 a 24 años), el trabajo remoto o el esquema híbrido no es un beneficio, sino una condición —no negociable— para trabajar y 72% de los millennials (25 a 45 años) señalan que prefieren renunciar antes de volver al esquema 100% en oficina. Esto es sumamente significativo, ya que vemos estas decisiones en el rango de edad que se encuentra criando y cuidando. Un cambio generacional que podría reducir la carga generacional de miles de mujeres.
Por ello, la necesidad de esquemas mucho más libres es tan eminente y necesaria que podemos verla con las actividades que se han detonado: ventas por redes (las famosas nenis), agentes inmobiliarios, marketing, diseñadoras gráficas, consultoras, contadoras, desarrolladoras y analistas de datos. Es decir, dos generaciones que están moviendo la economía con la palma de una de sus manos mientras sostienen, con la otra, manos de niñas, niños, adolescentes y ancianos. ¿Debemos seguir dejándolas como estatuas en la informalidad?
Si existe un consenso a nivel general es, sin duda, la necesidad de incorporación de las jóvenes al mercado laboral que paga impuestos, seguros y pensiones. ¿No podríamos encontrar un punto en donde el desarrollo profesional y contar con prestaciones no sea un esquema impensable para aquellas mujeres que administran sus hogares-empresa? ¿No estamos a cargo de lo más valioso de una sociedad?
*Catedrática de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México
X:@soylaucoronado
