El Mundial que olvidó al pueblo

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco elementos

La inauguración en el Estadio Azteca dejó la imagen perfecta de dos países. Adentro, unos 80 mil que pudieron pagar —con boletos que esa noche llegaron a rondar los mil 900 dólares—, jet-setters, influencers y empresarios abucheados por las gradas. Afuera del palco, por primera vez desde 1930, la jefa de Estado anfitrión no ocupó su lugar: la presidenta Claudia Sheinbaum vio el partido en una silla de plástico, en un deportivo popular de Gustavo A. Madero. Más allá del cálculo político, el gesto dijo algo cierto.

El Mundial 2026 se está convirtiendo en un espectáculo de lujo. El precio dinámico de la FIFA empujó las mejores localidades a miles de dólares —la final llegó a cotizarse en cifras de cinco dígitos—, y convirtió al juego del pueblo en un producto para quien pueda pagarlo. Mientras las entradas más baratas arrancaban en 60 dólares, las exclusivas se vendían en miles: el mismo torneo, dos mundos. El propio José Ramón Fernández lo resumió: hay “un alejamiento de la gente pobre”. El viejo Azteca se volvió, esa noche, una tribuna fresa.

No es nostalgia: es una advertencia que los mejores narradores del fútbol vieron venir. Eduardo Galeano lo escribió en El futbol a sol y sombra: “La historia del futbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. Se definía como un “mendigo del buen futbol”. La industria, denunciaba, condena lo que no es rentable.

Marcelo Bielsa lo dice sin metáforas: “El futbol es propiedad popular. Los pobres tienen muy poca capacidad de acceso a la felicidad porque no disponen de dinero para comprar felicidad”. Quitarles el futbol es quitarles una de las pocas alegrías que no se pagan. Y Juan Villoro nos recuerda que el estadio es de los pocos lugares donde cabe el país entero, sin distinción de clase: “Los estadios existen para jugar a la magia.” Para él, el futbol es la recuperación de la infancia; un artículo de lujo, en cambio, no recupera nada. Cuando la cancha se vuelve palco, esa magia se privatiza.

Aquí está el punto político. En México el futbol no es entretenimiento: es identidad familiar, la misa de los domingos, el llano, el radio prendido, la playera heredada. Un país donde la mayoría es pobre no puede dejar que su gran pasión popular se reconvierta en artículo de élite sin pagar un costo. Volver el Mundial un Super Bowl o una Fórmula 1 —espectáculos diseñados para quien paga premium— es, en este país, un error de origen: le dice a la mayoría que la fiesta no es para ella.

Y no es casual de qué lado se celebra. El palco presidencial, sin un solo jefe de Estado, se llenó de jet-setters y magnates; la derecha que reivindica el futbol-mercancía aplaude la tribuna cara, mientras lo popular se queda afuera, en la calle, en la pantalla pública. Ese mismo día hubo otro México: el que marchaba y el que miraba por televisión. La línea que divide es vieja y nítida: hay quien ve en el estadio un palco y quien ve una plaza.

Pero el gesto no basta, y aquí conviene no aplaudir de más. Que la Presidenta eligiera la silla de plástico es coherente; una silla, sin embargo, no democratiza un Mundial. Si el Estado de verdad cree que el futbol es del pueblo, tiene que pelearlo con políticas, no con símbolos: fan fests gratuitos y dignos, pantallas en cada plaza, presión real sobre la FIFA por precios accesibles, boletos populares, transporte seguro. Lo simbólico sólo sirve si se vuelve estructura. De lo contrario, el pueblo verá su fiesta por televisión mientras otros la viven en la cancha, y el reclamo será legítimo.

El futbol es de las últimas cosas verdaderamente de todos que nos quedan. Galeano, Bielsa y Villoro lo entendieron: cuando el placer se vuelve negocio, alguien se queda afuera, y casi siempre es el mismo. Un Mundial que olvida al pueblo no es un descuido de mercadotecnia. Es una decisión política. Y en México, las decisiones contra el pueblo se pagan.

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