Elecciones 2027: el método de Morena mantiene la atención, marca la agenda y conserva la unidad

Gustavo Rivera
Cinco elementos
Cada vez que Morena presenta a un coordinador estatal, el comentario político abre el cajón de siempre: tapado, dedazo, cargada, destape. Son palabras que Abel Quezada dibujó y Daniel Cosío Villegas explicó, y por eso las usamos sin pensar. Vale la pena sacarlas del cajón y probar si todavía sirven, porque ahí está la clave de un método que lleva diez coordinaciones de diecisiete y que ha conseguido lo más difícil: que el país lo mire.
Lo que consta en público es esto. Se registraron 277 aspirantes en junio; el partido afirma que decide por encuesta y no publica los números; entrega constancias, no cifras. Desde afuera, lo único verificable es la conducta de quienes perdieron, y esa conducta apunta a una regla: el resultado se comparte primero con los que compitieron y después con el país. Sobre ese esquema, cada palabra vieja adquiere un significado nuevo.
El tapado, escribió Cosío Villegas, era un desconocido que se construía después. Hoy nadie entra a una encuesta sin ser conocido: el futurismo dejó de ser pecado y se volvió requisito. El tapado se convirtió en el medido. El dedazo era la voluntad de una persona, y el indicio de que dejó de operar es que el método puede ir contra Palacio: en Guerrero perdió Esthela Damián, identificada como la carta más cercana a la Presidenta, y aceptó el resultado el mismo día. Lo que queda es el rasero: decidir quién entra, qué se pregunta y qué candado aplica, como el que dejó fuera a Saúl Monreal en Zacatecas. La cargada, que era una estampida hacia el ungido, se volvió un acto individual: el derrotado que conoce el resultado y firma su adhesión. Si vio la cifra antes que nadie, su silencio certifica. Y el predestape, que Larissa Adler de Lomnitz ubicaba en el cuarto informe presidencial, se adelantó al segundo y se volvió calendario.
Ese calendario explica el acierto. Los destapes van escalonados: cinco a finales de agosto, dos el 14 de septiembre, tres en una sola tarde del 15, a las 12:30, 16:00 y 19:00, y siete pendientes hasta diciembre. Uno por uno ocupan días de conversación: quién ganó, quién se inconformó, quién se sumó. Y la cifra reservada alimenta la siguiente semana, porque un número publicado cierra la discusión y un número reservado la prolonga. Morena mantiene la dramaturgia que el público ya sabe seguir, el suspenso y el destape, y cambió la mecánica que la resuelve. Es una serie por entregas con un final distinto en cada capítulo.
Hay además una virtud que el debate pasa por alto. Sea cual sea el riesgo de cada perfil o el señalamiento que arrastre, si la encuesta decide, la candidatura que sale es la más competitiva que el partido tenía en ese estado. El método premia la capacidad de ganar por encima de la cercanía o la antigüedad, y ninguno de los viejos conceptos garantizaba eso. Lomnitz describió la sucesión como un ritual que fabrica consenso; aquí el rito es la encuesta, y decide sin que López Obrador decida y sin que Sheinbaum designe. Mientras el país discute encuestas morenistas, PAN, PRI y Movimiento Ciudadano carecen de sucesión que contar, y hablar del método de Morena sigue siendo hablar de Morena.
La parte incómoda está fuera de ese círculo. Albert Hirschman advirtió que, cuando existe salida, la lealtad se compra ciclo tras ciclo, y la salida existe: en Zacatecas, Jorge Álvarez Máynez convocó a sumarse a “la gente buena”, y en Guerrero el PT dijo que ni siquiera fue convocado a conocer los resultados. Hasta ahora, en diez estados los perdedores se quedaron. La unidad se sostiene donde el poder local es partidista y cruje donde es personal. Y el electorado recibe constancias sin cifras; la confianza sin números tiene fecha de caducidad.
Por eso el cajón de palabras sigue abierto, pero con etiquetas nuevas. Lo que está pasando se llama, sencillamente, medir. Y quien mide a la vista de todos, aunque reserve la cifra, se queda con la atención de todos.