México no va a derrotar al crimen organizado sólo con fuerza. La fuerza del Estado es indispensable, pero no suficiente. El problema del narcotráfico también es moral: qué conductas premia una sociedad, qué tipo de éxito admira y qué formas de vida considera dignas. Visto así, el argumento no se aparta de la estrategia de seguridad de Claudia Sheinbaum. La completa. Porque el narco no sólo disputa territorios: disputa prestigio, pertenencia y sentido.
Aquí resulta útil Alasdair MacIntyre. El filósofo escocés explicó que una sociedad se desordena cuando deja de orientar la vida hacia bienes internos —hacer bien algo valioso, como educar, curar, juzgar o producir— y empieza a organizarla en torno a bienes externos, como dinero, poder, fama o prestigio. El problema no es querer prosperar. El problema empieza cuando el dinero se separa del mérito, el prestigio de la excelencia y el poder de cualquier idea de bien común. También advirtió que las instituciones se corrompen cuando olvidan para qué existen y se dedican sólo a competir por esos bienes externos.
Esa descripción ayuda a entender la moral del narco. El crimen organizado no construye comunidad: la suplanta. No imparte justicia: administra miedo. No crea riqueza: la captura, la extorsiona y la extrae. Y, sin embargo, ofrece algo que muchas instituciones legales dejaron de ofrecer con credibilidad: reconocimiento, ascenso, identidad y una narrativa de éxito. Su fuerza no radica sólo en las armas. Radica en haber entendido que, donde la escuela falla, donde el empleo no dignifica, donde la justicia no llega y donde la autoridad legítima no inspira respeto, la promesa criminal gana terreno.
MacIntyre sirve también para desmontar esa falsa moral. Porque lo que el narco presenta como honor suele ser miedo; lo que presenta como lealtad suele ser obediencia forzada; lo que presenta como valentía suele ser brutalidad; y lo que presenta como éxito suele ser acumulación sin límite ni responsabilidad. En términos simples, el narcotráfico convierte los bienes externos en la medida total de la vida. Y una sociedad que sólo admira dinero, poder y ostentación termina facilitándole el trabajo.
Por eso la salida no puede ser sólo punitiva. La estrategia de seguridad necesita algo más: una filosofía moral mejor y, sobre todo, más creíble. No basta con decirles a los jóvenes que no entren al crimen organizado. Hay que ofrecerles una moral pública en la que el reconocimiento provenga del trabajo bien hecho, no del miedo que uno inspira; en la que el respeto nazca del servicio y la competencia, no del convoy; en la que la pertenencia no dependa de obedecer a una organización armada, sino de participar en instituciones que aún tengan propósito.
Ésa es, en el fondo, la dimensión más profunda de atender las causas. No sólo quitarle base social al crimen, sino quitarle atractivo moral. No sólo contener su violencia, sino erosionar su prestigio. No sólo perseguir a los capos, sino reconstruir las prácticas que vuelven habitable una sociedad: escuelas que eduquen, empresas que dignifiquen, fiscalías que busquen la verdad, policías que protejan con legitimidad, política que sirva al bien común. La pregunta decisiva no es sólo cómo encarcelar a más criminales. Es cómo volver respetable la legalidad. Cómo lograr que un buen policía tenga más honor que un halcón. Cómo conseguir que una fiscalía que investiga de verdad inspire más autoridad que una red criminal. Cómo hacer que la escuela vuelva a formar carácter y no sólo a repartir diplomas y títulos. Cómo lograr que el trabajo formal vuelva a verse como una vía real de ascenso y dignidad.
Ése es el contraste de fondo entre la moral del narco y la moral que México necesita. De un lado, una filosofía de bienes externos: dinero, dominio, ostentación, obediencia y miedo. Del otro, una filosofía de bienes internos: excelencia, justicia, verdad, servicio y comunidad. La primera destruye al país mientras aparenta ofrecer movilidad. La segunda no sustituye la estrategia de seguridad de Sheinbaum: le da profundidad. La fuerza del Estado puede contener al crimen organizado. La inteligencia puede desarticularlo. La coordinación puede acotarlo. Pero sólo una sociedad que vuelva a admirar la justicia, el trabajo, la autoridad legítima y la dignidad podrá volver menos atractiva la moral del narcotráfico. Y ésa es la batalla que decide todas las demás.
