Esta noche tengo una cita muy especial con ustedes. A las ocho de la noche, a través de Imagen Televisión, presentaré una entrevista que me dejó verdaderamente impactado.
Se trata de una charla de corazón a corazón con Ulises de la Torre, un hombre que decidió dejar atrás los silencios, las evasivas y los lugares comunes para hablar con absoluta honestidad de los momentos más complicados de su vida.
En El Minuto que Cambió Mi Destino Sin Censura, Ulises me abrió las puertas de su historia personal y familiar como pocas veces lo había hecho frente a una cámara.
Durante la conversación me habló de la dolorosa ruptura con su hermano, el actor y conductor Arath de la Torre, una distancia que ya suma seis años sin dirigirse la palabra.
Imagínese usted lo que significa para una familia vivir tanto tiempo con heridas abiertas. Porque una cosa es tener diferencias y otra muy distinta dejar de hablarse durante años. Ulises explica su versión de los hechos, habla de cómo se fue deteriorando la relación y de las circunstancias que terminaron por alejarlos.
Pero no solamente tocamos ese tema. También habló de su divorcio, de decisiones equivocadas que marcaron etapas de su vida y de un asunto particularmente delicado: sus problemas con las adicciones.
Lo hizo sin maquillaje, sin victimizarse y sin buscar culpables. Lo hizo como un hombre que entiende que la única forma de sanar es decir la verdad.
En una época en la que muchas entrevistas parecen diseñadas por departamentos de relaciones públicas, encontrar a alguien dispuesto a mostrar sus cicatrices resulta refrescante y valiente.
Por eso los invito esta noche.
Estoy convencido de que será una de esas conversaciones que dejan algo más que una nota periodística. Será una entrevista que permitirá conocer a la persona detrás del personaje.
Ahí los espero.
CUANDO MÉXICO NOS VUELVE A ILUSIONAR
Y hablando de emociones, pocas cosas unen tanto a los mexicanos como el futbol.
La victoria de México por dos goles a cero frente a Sudáfrica provocó exactamente lo que ocurre cada cuatro años: volvimos a creer. Así de simple.
Podremos criticar a los directivos, cuestionar a los jugadores, señalar los errores del sistema, que son muchísimos, pero basta un triunfo en una competencia de esta magnitud para que millones de mexicanos vuelvan a ilusionarse.
Vi imágenes de jóvenes celebrando, abrazándose, cantando y soñando. Y al verlos no pude evitar recordar cuando yo tenía esa misma edad y cualquier victoria de la Selección Nacional nos hacía pensar que el campeonato del mundo era posible.
Ésa es la magia del futbol.
La capacidad de generar esperanza incluso cuando la lógica y los antecedentes indican que debemos ser prudentes.
Hoy miles, quizá millones de jóvenes, están convencidos de que México puede llegar muy lejos. Algunos incluso se atreven a imaginar algo que históricamente ha parecido imposible: ver a nuestra selección levantando la copa.
Ojalá.
De verdad ojalá.
Porque si hay una afición que merece una alegría de ese tamaño es la mexicana.
Una afición que compra boletos, consume productos, llena estadios, sigue transmisiones, compra camisetas y acompaña al equipo en cualquier rincón del planeta.
Los jugadores tienen el respaldo económico, mediático y emocional de todo un país.
Ahora les toca responder dentro de la cancha.
Porque el aficionado mexicano siempre cumple.
EL AZTECA Y LOS BOLETOS IMPOSIBLES
Sin embargo, no todo fue perfecto en el partido inaugural.
Varias personas que estuvieron presentes en el Estadio Azteca coinciden en algo: el ambiente no fue tan explosivo como muchos esperaban.
Y la explicación parece bastante sencilla.
Los boletos alcanzaron precios exorbitantes.
Tan altos que una buena parte de las más de 83 mil personas presentes no necesariamente eran aficionados de toda la vida, sino personas con la capacidad económica suficiente para pagar cantidades verdaderamente escandalosas por una entrada.
Y ahí está el problema.
Porque el futbol se alimenta de pasión.
De la señora que ahorra durante meses para ir al estadio.
Del joven que se sabe todas las alineaciones.
Del aficionado que canta los noventa minutos.
Del que sufre.
Del que llora.
Del que vive el partido como si le fuera la vida en ello.
Cuando el acceso se vuelve exclusivo para unos cuantos, inevitablemente se pierde parte de esa esencia.
No estoy diciendo que quienes asistieron no tengan derecho a disfrutar del espectáculo. Por supuesto que lo tienen.
Lo que digo es que un estadio lleno no siempre significa un estadio encendido.
Y tal vez por eso muchos esperaban una atmósfera más intensa, más ruidosa y más mexicana.
EL HIMNO NACIONAL NO DEBERÍA SER UNA HAZAÑA
Y ya que hablamos del partido inaugural, hay algo que me llama profundamente la atención.
Hoy parece que debemos felicitar a un cantante cuando interpreta correctamente el Himno Nacional Mexicano.
¿No le parece absurdo?
En serio.
Llegamos a un punto donde nos sorprendemos cuando alguien no se equivoca.
Y eso ocurre porque durante años hemos visto de todo.
Artistas que cambian palabras.
Otros que alteran frases completas.
Algunos que modifican la melodía.
Y otros más que simplemente parecen no haberse tomado la molestia de estudiar la letra.
Yo me pregunto una cosa muy sencilla.
¿No cantábamos todos el Himno Nacional cada lunes durante los honores a la bandera?
¿O algunos decidieron saltarse esa parte de la educación básica?
Porque de verdad resulta increíble que profesionales acostumbrados a memorizar canciones completas no puedan aprender correctamente un texto que forma parte de nuestra identidad nacional.
Por fortuna, esta vez ocurrió exactamente lo contrario.
Alejandro Fernández asumió la responsabilidad de interpretar el Himno Nacional Mexicano y lo hizo de manera impecable.
A capela.
Sin artificios.
Sin excesos.
Sin intentar lucirse más que la propia pieza.
Con respeto.
Con fuerza.
Con emoción.
Y sobre todo con conocimiento de la letra.
El resultado fue una interpretación elegante y poderosa que recibió el reconocimiento de miles de personas.
El Potrillo entendió perfectamente que el protagonista no era él, sino el Himno Nacional.
Y esa diferencia se nota.
Porque cuando alguien interpreta el himno con disciplina, respeto y orgullo, el resultado trasciende cualquier afinación o cualquier recurso vocal.
Se convierte en un momento que conecta a millones de mexicanos.
Y eso fue precisamente lo que ocurrió.
México ganó en la cancha.
México volvió a ilusionarse.
Y México escuchó su himno como debe escucharse: con respeto, emoción y orgullo.
Ojalá que las buenas noticias apenas estén comenzando.
