Cuando la vida se dice sin maquillaje
Paco se muestra humano, vulnerable, roto en algunos momentos, pero también consciente.

Gustavo A Infante
Última palabra
Hoy sábado, a las ocho de la noche, por Imagen
Televisión, se transmite un episodio que, se los digo desde ahora, no es cómodo, no es ligero y no es para distraerse mientras se revisa el celular. Hoy llega a El minuto que cambió mi destino sin censura Paco de la O, y lo hace con una valentía que pocas veces se ve en la televisión mexicana.
Paco acepta sentarse frente a la cámara sin armaduras, sin poses y sin discursos prefabricados. Hace un ejercicio de honestidad brutal. Habla de su vida, de sus errores, de sus adicciones, de sus fracasos matrimoniales y, sobre todo, de algo que muy pocos hombres se atreven a reconocer públicamente: la soledad. Ésa que no distingue fama, micrófonos, ratings ni reconocimiento público. Esa soledad que llega cuando se apagan las luces y ya no hay a quién llamar.
No busca quedar bien, no intenta justificarse, no se victimiza. Se responsabiliza. Y eso, en un país donde siempre se le echa la culpa a alguien más —a la infancia, a la pareja, al sistema o a la mala suerte—, es profundamente valioso. Paco se muestra humano, vulnerable, roto en algunos momentos, pero también consciente y lúcido. Por eso digo que esta entrevista es imperdible. No porque sea espectacular, sino porque es real. Porque duele. Porque incomoda. Porque nos obliga a mirarnos al espejo.
Yo recomiendo que hoy nos acompañen a verla. No es una charla para el morbo, es una conversación para reflexionar. El minuto que cambió mi destino nació precisamente para eso: para mostrar que detrás del personaje hay una historia, y que muchas veces esa historia no es tan luminosa como parece desde afuera.
En contraste con esta honestidad, esta semana volvió a quedar claro que la verdadera educación no se presume: se ejerce. El actor Carlos Bonavides dio una lección de inteligencia emocional y madurez que muchos deberían tomar nota.
Luego de que Laura Zapata hiciera declaraciones despectivas refiriéndose a él como “muerto de hambre” —o “hambreado”, para no perdernos en el matiz—, Carlos pudo haber respondido con enojo, con sarcasmo o con la misma violencia verbal. No lo hizo. Optó por la altura. Dijo que no quería manchar la amistad ni los recuerdos de cuando eran jóvenes, que se conocen de toda la vida y que prefería quedarse con lo bueno.
Además, aclaró algo que a algunos les parece indigno, pero que en realidad es un derecho constitucional: recibe su pensión como adulto mayor, como millones de mexicanos que trabajaron toda su vida y hoy cuentan con ese apoyo. ¿Desde cuándo eso es motivo de vergüenza? ¿Desde cuándo recibir lo que por ley te corresponde te convierte en alguien menos?
Carlos Bonavides actuó como un caballero. Ella, en cambio, volvió a exhibir una actitud clasista que ya le conocemos. Porque el clasismo no siempre se grita, a veces se disfraza de “opinión”, pero se nota. Se nota cuando se desprecia al otro por su condición económica, por su edad o por no pertenecer al círculo que uno cree exclusivo.
Aquí no se trata de bandos, se trata de formas. Y las formas, al final, dicen más que cualquier discurso.
Y hablando de formas, de amor y de elegancia emocional, no puedo dejar de confesar que me encanta la pareja que forman Humberto Zurita y Stephanie Salas. Lo que transmiten no es pose, no es estrategia de marketing ni romance armado para redes sociales. Es complicidad, respeto y una conexión que se siente auténtica.
Se enamoraron trabajando juntos en Papito querido, y ahora vuelven a hacer mancuerna teatral con El seductor, obra que se estrena el próximo 17 de febrero en Monterrey, bajo la producción de Gabriel Varela. Y lo hacen sin esconder nada, sin pedir permiso y sin disculparse por ser felices.
Humberto tiene 71 años, Stephanie 55, y se ven enamorados como dos adolescentes. ¿Y saben qué? Eso es exactamente lo que molesta a algunos. Porque hay quien cree que el amor tiene fecha de caducidad, que la pasión es exclusiva de los jóvenes y que después de cierta edad sólo queda resignarse. Ellos demuestran lo contrario. El amor no envejece; envejecen los prejuicios.
Verlos juntos es refrescante en un medio saturado de relaciones tóxicas, escándalos prefabricados y rupturas convertidas en espectáculo. Ellos no venden drama, venden armonía. No venden gritos, venden miradas. Y eso, créanme, también tiene un enorme valor.
Esta semana, curiosamente, todos estos temas se conectan. La honestidad de Paco de la O, la dignidad de Carlos Bonavides y la madurez amorosa de Humberto Zurita y Stephanie Salas nos recuerdan algo esencial: la vida no se trata de aparentar, sino de vivir con congruencia.
Decir la verdad cuesta. Guardar la compostura cuesta. Amar sin miedo también cuesta. Pero al final, ésas son las historias que valen la pena ser contadas. Y para eso estamos aquí: para contarlas, analizarlas y, cuando es necesario, ponerlas sobre la mesa sin censura y sin maquillaje.
Nos vemos hoy a las ocho.