La despedida de Oliver Sacks

“Me siento intensamente vivo y quiero… estrechar mis amistades”

Oliver Sacks no necesita presentación. Su trabajo como divulgador de la siquiatría en el siglo XX, sus libros como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz o La isla de los ciegos del color lo convierten en punto de referencia para entender las alteraciones de nuestro cerebro. No todos ven ni oyen lo mismo que nosotros, repetía. Confirmó lo que aseveraban nuestras abuelas: cada cabeza es un mundo.

Al documentarlo con casos clínicos, descritos con envidiable destreza, no sólo nos permitió entender mejor nuestro entorno, sino sentir simpatía por quienes hablan con fantasmas, desconocen los colores o sienten dolor en sus miembros amputados; por sordos, autistas y aquellos que recuerdan eventos que nunca ocurrieron…

A punto de cumplir 80 años, Sacks publicó un artículo en The New York Times sobre el significado de ese aniversario: “A los 80 puedes… contemplar la historia como algo vivo y vivido, algo imposible cuando se es más joven”. Poco después se enteró de que padecía un cáncer con metástasis. Estaba a meses de morir. Publicó, entonces, otros tres artículos, reflexionando sobre el sentido de su vida. Los cuatro están incluidos bajo el afortunado título Gratitud (Anagrama/Colofón, 2016). Afortunado, porque lo que hace el médico inglés es recapitular sobre su vida con un tono gozoso: da gracias por haber tenido amigos y colegas, haber escrito sus libros y haber tenido “un diálogo con el mundo”.

En el primer artículo hace un recuento de aquello que lamenta: haber desperdiciado mucho tiempo; ser tan tímido a los 80 como a los 20; no hablar otro idioma que su lengua materna y no haber conocido más culturas. Su confesión nos recuerda las palabras que se atribuyen a Keynes antes de su muerte: “My only regret is that I have not drunk more champagne in my life”.

Sobre el modo en que vivirá los meses que le quedan —tema del segundo artículo— Sacks sostiene: “Me siento intensamente vivo y quiero… estrechar mis amistades, despedirme de aquellos que amo, escribir más, viajar si tengo fuerzas y ser capaz de comprender y conocer más y mejor”. Hasta el último día disfrutó la lectura de las revistas científicas, pero resolvió dejar de ver los noticieros de televisión y de prestar atención a las declaraciones de los políticos.

En el tercer artículo cuenta cómo se regodeó coleccionando los elementos químicos, cuyo número atómico correspondía a cada uno de sus cumpleaños, aunque al final hizo trampa: se allegó de uno que aún no le correspondía. Así lo justificó: “El bismuto es el elemento 83. No creo que llegue a cumplir esa edad, pero siento que hay algo esperanzador, algo alentador, en tener cerca de mí ese 83”.

No es necesario haber leído sus libros para que Gratitud nos resulte conmovedora. Ante el final, lo más fácil es refugiarse en la tristeza o en la religión, como hace la mayoría. Sacks, sin embargo, se rehusó a ello. Perdió su fe cuando su madre, una piadosa judía, se enteró de su homosexualidad y exclamó: “Ojalá no hubieras nacido”. Ello le hizo detestar la religión, por “fomentar el fanatismo y la crueldad”. Pese a su encono, aprendió que el sentido de guardar el Sabbat, tema de su último artículo, tenía que ver más con un encuentro con uno mismo y la armonía familiar antes que con los preceptos religiosos. Nuestras vidas son tan valiosas como cada uno lo decida. Por ello, desentrañar los esfuerzos que hizo Sacks para que la suya lo fuera resulta, sin duda, alentador.

Temas: