López y los fondos del mal

Gabriel Reyes Orona

Gabriel Reyes Orona

México sin maquillaje

Es más que claro, López Obrador ha sido el evasor más conspicuo que ha tenido el país. Casi tres décadas de no pagar un centavo de impuestos, siendo el receptor de enormes caudales que por mucho superan las fortunas que a la mala se embolsaron los líderes y ujieres del partido oficial. Se dirán nombres, pero nadie está tan cerca del monto evadido por el macuspano. Se trata del parangón de la impunidad tributaria. Su entorno critica el impago de contribuciones, pero la ley a ellos no les aplica. Las autoridades adoptan un rasero distinto cuando se trata de los incondicionales al movimiento telúrico que sigue sufriendo México.

Hace más de dos décadas, el editor que le entregaba cuantiosas regalías por esos libros que alguien más escribió tuvo que pedirle que se diera de alta. Sus secuaces le hablaron de cómo podría abusar del régimen fiscal de los autores. Los tirajes estaban vendidos antes de acabarse de imprimir. No sólo se duda de que él sea el efectivo autor de tales libros, sino también de que fueran lectores quienes los compraban. Basta escucharle hablar para concluir que no podría escribir un libro, no usa más que un par de centenas de palabras, su vocabulario es vergonzosamente rústico.

Los empresarios que consintió a lo largo de su gestión eran los que mandaban comprar ediciones completas, mismas que, seguramente, llegaron a la quema aún empacadas. Sin embargo, a partir del año 2013 dio el brinco que le permitió independizarse del PRD. Honestidad Valiente y Austeridad Republicana son dos destacados vehículos de atraco tributario y de cínico desvío de recursos, que llega al descarado blanqueo, siendo ambos destacables por su gran relevancia de afectación al erario, así como por ser un dechado de celebrada impunidad.

No sólo pagaba “salarios” a toda la estructura omitiendo pagos al IMSS e Infonavit, sino que recibían donativos de origen incierto, sin pagar tributo alguno. Un buen análisis de la defraudación así operada llegó a las manos de Peña Nieto y, de hecho, éste la uso en campaña para denostar al rival. El primitivo equipo del mexiquense denunció en campaña un buen número de delitos fiscales y financieros cometidos en provecho del tabasqueño, en la que una obsequiosa institución de crédito colaboró sin recato.

Sin embargo, Peña pasó de denunciante a cómplice cuando, teniendo pruebas suficientes de cómo operaba la estructura delictiva, prefirió callar, aun cuando ya era perceptible la presencia del crimen organizado. El macuspano no objetó lo de las tarjetas del de Atlacomulco, y no hizo jamás nada por señalar la muy cuestionable forma en que éste financió su campaña. Los fondos que López usó en la pasada década no pasarían un análisis de cumplimiento normativo. Es más, resulta curioso que algunos de los nombres involucrados en la conocida Operación Casablanca reaparecieron al nacer el esquema.

En su momento, el tabasqueño contó con la complicidad de funcionarios bancarios y de la CNBV e, incluso, a varios de ellos los premió con puestos en su gobierno. Hoy, el cacique convoca a “donar” una vez más a través de oscuros fideicomisos que son el perfecto vehículo para que el dinero sucio del crimen organizado se mezcle con centavitos aportados por incautos, para así refaccionar al oficialismo cubano. 

Ahora tendrán que cuidarse mucho quienes pongan, y administren, dinero en un esquema que será observado por las autoridades financieras estadunidenses por tener claramente un destinatario marcado. Es claro que se trata de financiamiento sancionable conforme a leyes y actas allá vigentes. Aquellos polvos de Casablanca formarán los lodos que batirán a más de un intermediario. Al tiempo.

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