Herederos de una credibilidad ganada por quienes sostuvieron exactamente lo contrario de lo que postula la 4T, finalmente, han quedado expuestos como meros improvisados, carentes del instrumental técnico para conducir los derroteros de un banco central. Han sido muchas las decisiones frívolas y temerarias que han tomado los integrantes de la Junta de Gobierno del Banxico, la mayoría, mantenidas en la más completa opacidad. Tras haber reducido la tasa de interés, cuando el movimiento obligado era el contrario, el reflector finalmente miró hacia el impresentable cenáculo que ha dilapidado multimillonarios recursos que, se piensa, siguen formando parte de la reserva de activos internacionales.
La credibilidad es el principal activo que tiene una autoridad financiera. Se gana a lo largo del tiempo, considerando múltiples decisiones, pero, sobre todo, buenos resultados. Se pierde en un momento y basta una sola pifia para tener que empezar de cero. Hoy, quizá no lo adviertan, pero aquellos que fueron nombrados sin cumplir los requisitos de ley ya son vistos con desconfianza. La tan cacareada autonomía hizo agua. Decisiones que analistas revisaron dando un gratuito voto confianza hoy serán reestudiadas e, inevitablemente, formarán parte de una nueva narrativa que dará cuenta de cómo la descomposición empezó hace años.
El mercado los pondrá a prueba, ya no le comprarán las exóticas y contradictorias conclusiones contenidas en sus reportes. Apostar contra sus pronósticos se volverá popular y las expectativas de inflación que publique no sonarán a serio a considerar en la formación de la programación financiera de las grandes empresas. Seguirán siendo invitados para exponer la postura de lo que hace ya algunos años dejó de ser una institución ajena a los vaivenes políticos. Ahora, los ligeros currículos de los integrantes del órgano de gobierno explicarán los tumbos que han venido dando.
Hasta los más gobiernistas analistas han tenido que admitir que no va por el camino correcto y, vergonzosamente, que han defendido una institucionalidad que simplemente no existe. El barco de México está haciendo agua en el momento en el que la tempestad asoma.
Cuando Agustín Carstens recomendó en lo oscurito la ampliación de la banda, sí, el error de diciembre, había un muy amplio y preparado equipo que retomó la compostura, el cual afrontó exitosamente una severa crisis de reservas, esto, al tiempo de que las torpes decisiones tomadas por la banca oficial de De la Madrid pasaron factura.
El salvamento de la economía nacional fue espectacular, tanto, que incluso ese economista pudo salir al mundo a tratar de venderse como un gran profesional, claro, cuando quiso dirigir el FMI perdió 99 a 1. Afuera si saben quién es. Llamó entonces la atención la forma en que el peso se había convertido en una moneda con una extraña, pero poderosa transaccionalidad, en momentos, mayor que la del yuan.
El fenómeno determinó que fuera invitado a dirigir el Banco Mundial de los pagos, pero, con el tiempo, se supo que el peso del peso lo sentó el poder del crimen organizado, y no la política monetaria. Sí, que es la profundidad de las operaciones de los cárteles lo que sostiene la paridad.
Estando en ciernes una crisis de liquidez, quedará claro que la credibilidad vale más que la reserva y, pronto, la solidez de ésta quedará a prueba. En el exterior se ve con desconfianza lo que pasa en la banca de desarrollo, mientras tanto, aquí, neciamente, se sigue peleando el control de los procesos electorales. Parece que, otra vez, pagaremos el pecado de creer en políticos.
