Atraco CFE elemental
En los años 80, la banca anotaba como “crédito” todo lo que se necesitaba para apaciguar a los inconformes
Si la eficiencia de los emisarios del pasado fuera del tamaño de su capacidad para enredar a la población, la CFE sería una empresa autosuficiente, y no la que saquea año con año el presupuesto federal.
En el inefable sexenio de Miguel de la Madrid se hizo mucho más daño al país de lo que se piensa, sin embargo, se ha mantenido en secreto el efecto demoledor de las malas decisiones e indecisiones imputables al colimense. En ese entonces, el partido oficial tenía a su alcance una poderosa máquina creadora de espejismos, que hacía pensar que su gabinete tenía idea de lo que hacía, pero la verdad, sólo fue nefasto catalizador del ciclo interminable de crisis que aún nos tiene atrapados.
En aquel sexenio se gestaron pactos que derruyeron el sistema financiero; la seguridad nacional, y el sistema electoral. Así es, la crisis del 94, tanto la financiera, como la política y hasta la de seguridad, se deben a malas decisiones que tomara el equipo del “renovador moral de la sociedad”.
El gran artífice de los engaños fue su secretario de Gobernación, quien siempre pensó que sería el tapado, sin advertir que su escaso o nulo conocimiento de las finanzas públicas, y, en general, de cómo opera el aparato productivo, lo descalificó desde un inicio.
En los años ochenta, la banca nacionalizada, con anuencia presidencial, anotaba como “crédito” todo lo que se necesitaba para apaciguar a los inconformes; comprar a los adversarios, incluso, aquietar órganos electorales. La política interior fue operada a billetazos, unos hacia afuera y otros hacia adentro. Las alforjas se llenaron a tal nivel, que aún pueden solventar campañas que compren purificadora posición en cualquier partido.
Pero parece que con el tiempo se olvida lo aprendido en lustrosas universidades del exterior. Qué pasó con aquel Bartlett que postulaba doctorado con un trabajo que exponía la forma en que el estado debe reparar los daños que causa.
Ahora, es un gran conocedor de cómo causarlos, pero su fin no es dinamitar lo que sabe es inevitable: la concurrencia del sector privado al sector energía, sino pasar a la historia dejando un legado, uno que encare al de los empresarios que tanto lo ningunearon. Esto es, quiere crear una clase político-empresarial enquistada en CFE, como la que mantuvo a miles de zánganos en Pemex durante 80 años, es decir, su objetivo es estructurar pactos mafiosos que le permitan armar un cártel de la energía que lleve su nombre a los libros de texto, y que, patrimonialmente, alcance a sus hijos y nietos, sí, al más puro estilo cardenista.
En los dos últimos años, con turbia estrategia, el gobierno federal le ha regalado miles de millones de pesos en activos a la CFE, dado que el soberano, pero personal capricho, requiere restablecer, a como dé lugar, un monopolio estatal, aunque la Carta Fundamental lo proscriba.
Pero no caigamos en el juego, costosos estudios internacionales, sufragados por la nacional universidad, permiten al poblano entender que la CFE no pagó las redes de transmisión y distribución que quiere cobrar a los empresarios, bien sabe que éstos, con el resto de los mexicanos, ya las pagaron fiscalmente.
La infraestructura se paga al erario con contribuciones, que bien caras son en este país, sin que el novel electricista explique cómo pagan sus subsidiarias comerciales por el uso de las redes, ya que, ante la ley, son simples competidoras sin derecho a prebendas. Mientras la Constitución tenga el texto que tiene, el discurso no es más que una engañifa para promover un proyecto personal del hijo del otrora gobernador de Tabasco.
