Presidencialismo mexicano y efectos con EU

Las elecciones para presidente y vicepresidente en los Estados Unidos de América repercuten más en México que en ningún otro país.El presidencialismo mexicano se edificó de la influencia presidencial norteamericana, aunque el nuestro sea pendular: sobrio y ...

Las elecciones para presidente y vicepresidente en los Estados Unidos de América repercuten más en México que en ningún otro país.

El presidencialismo mexicano se edificó de la influencia presidencial norteamericana, aunque el nuestro sea pendular: sobrio y discreto, voluntarioso y ocurrente.

La relación bilateral ha sido históricamente ambivalente, siempre Washington tensa y afloja la cuerda según sus intereses hegemónicos, pero también les cuesta. Valga recordar el libro de Jeffrey Davidow, El oso y el puercoespín.

Desde el rigor de las fechas, el primer encuentro entre presidentes de ambos países fue el penoso incidente de 1837. El presidente Andrew Jackson vio en

Washington a Antonio López de Santa Anna, pero prisionero.

Para efectos diplomáticos, el primero fue el que protagonizaron Porfirio Díaz y William H. Taft en el Paso Texas y  Ciudad Juárez, en 1909. Taft se permitió destapar para la presidencia a Enrique Creel, gobernador de Chihuahua, hecho que molestó a Díaz por la inapropiada interferencia preelectoral. (Fuente: Rafael Estrada Michel).

Generalmente, los encuentros entre dignatarios han sido de alto riesgo político, de peligrosas consecuencias y, por excepción, memorables y rentables para México.

Acaso el encuentro más espectacular ha sido el de Adolfo López Mateos con John F. Kennedy, en 1962, en la Ciudad de México. Además, exitoso por el inicio del trámite de restitución de El Chamizal que avanzó en el Paso Texas con Lyndon B. Johnson en 1964 y se ejecutó hasta el que tuvieron Gustavo Díaz Ordaz con Lyndon B. Johnson en 1969.

Otro elocuente fue el de Miguel Alemán con Harry S. Truman, en marzo de 1947, en Ciudad de México, el cual, en plena posguerra, permitió a México líneas de crédito.

Discretos, pero convenientes, el de 1943 en Monterrey entre Manuel Ávila Camacho y Franklin D. Roosevelt. En 1953 Adolfo Ruiz Cortines y Dwight Eisenhower atestiguaron la inauguración de la Presa Falcon de Tamaulipas. En 1959, en Acapulco, y en 1960, en Ciudad Acuña, se volvieron a reunir Adolfo López Mateos y Dwight Eisenhower.

 En esa línea se encuentra la de Luis Echeverría con Gerald Ford, en 1974, y los encuentros de Miguel de la Madrid con Ronald Reagan en 1983, 1986 y 1988.

Emblemáticos: Carlos Salinas con Georg Bush (padre) en 1990, en Agualeguas, Nuevo León, para amarrar el Tratado de Libre Comercio (NAFTA). Sobrios, pero de enorme gratitud por el rescate tras la crisis de 1995: Ernesto Zedillo con William  Clinton en 1997 y en 1999, en la Ciudad de México. El amistoso entre George Bush (hijo) y Vicente Fox en 2001, en San Francisco del Rincón, Guanajuato, en 2003, en 2004 y en 2006; en 2007 George Bush (hijo) con Felipe Calderón.

Simbólicos el de Felipe Calderón con Barack Obama en 2009 y en 2012 para la Cumbre del G20; y el de Enrique Peña Nieto en la Cumbre del G20 en 2016.  

En cambio, encuentros tensos y de muy escasos resultados fueron los que sostuvieron José López Portillo con James Carter en Ciudad de México, en 1979, y en 1981 con Ronald Reagan, en la cumbre Norte-Sur.

Más tenso aún el primero del presidente Enrique Peña con el presidente electo Donald Trump en el contexto de su pretensión de alzar el muro fronterizo, y cada uno de los siguientes encuentros también.

En la trama de tantos encuentros, acaso uno fue, además de polémico, contraproducente: el presidente Carlos Salinas apostó su capital político con la comunidad de mexicanos residentes de los Estados Unidos en favor de la reelección de George Bush (padre) acudiendo a un evento en California a escasas semanas de las elecciones, las cuales Bush  perdió frente al demócrata  William Clinton, lo que originó renegociar el TLC.

Con todo respeto, pronto sabremos si el encuentro del mandatario López Obrador con Donald Trump en julio de 2020 fue útil electoralmente para la relación de Trump o adverso para el futuro del T-MEC.  

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