Volatilidad

Los últimos años han sido difíciles para la salud de la democracia a nivel global. Desde la irrupción mortal de la pandemia, el término de “declive democrático” se ha apoderado del análisis sobre esta materia. Su deterioro se ha manifestado en guerras, cuartelazos, comicios impugnados, procesos poselectorales tensos y amargos, y un aumento peligroso de las restricciones a las libertades civiles en todo el mundo.

La Unidad de Inteligencia de la revista británica The Economist ha seguido de cerca este declive desde 2006. Sin embargo, la última actualización de 2026, de su Índice de Democracia, sugiere un ligero cambio en la tendencia: las puntuaciones de casi tres cuartas partes de los países se mantuvieron estables o mejoraron durante el último año, y el índice global aumentó 0.02 puntos, uno de los mayores incrementos desde 2012.

El reporte del Índice señala el fin de la recesión democrática global, con cerca de 75% de los países estabilizando o mejorando sus puntuaciones. Sin embargo, esta estabilidad oculta una volatilidad creciente y una polarización cada vez más tóxica. La lista de “democracias plenas” sigue encabezada por Noruega, seguida de Nueva Zelanda y Dinamarca. De manera notable, EU descendió del puesto 28 al 34 en su clasificación general, marcando su deterioro continuo con una caída en su puntuación reflejada en el deterioro de sus libertades civiles y funcionamiento gubernamental.

El continente americano experimentó una ligera mejoría general en sus promedios. Uruguay y Costa Rica se mantienen en los primeros lugares, mientras que países como Colombia sufrieron retrocesos significativos al descender a la categoría de “régimen híbrido”, debido al deterioro de la seguridad y el debilitamiento institucional.  

Llama la atención que la región que más mejoró comparativamente fue América Latina y el Caribe. Tras nueve años de descenso, los índices de participación política aumentaron en más de la mitad de los países de la región. 

En este contexto, el 3 de noviembre de 2026 se llevarán a cabo las elecciones intermedias en Estados Unidos. Estos comicios representan un examen a la popularidad y a la eficacia de las políticas públicas del habitante actual de la Casa Blanca, así como un punto de inflexión para determinar el futuro de la democracia en un país que predica ser el defensor de las libertades en el hemisferio occidental.

De igual manera, Brasil llevará a cabo su primera vuelta de la elección presidencial el 4 de octubre. Las campañas entre Flavio Bolsonaro y el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, mantienen una contienda feroz en medio del mayor proceso de polarización política del gigante sudamericano en toda su historia.

BALANCE

Algunas voces sostienen que, en algunos países, la volatilidad de los procesos electorales podría deberse en parte a la influencia del estilo político de Donald Trump. Las elecciones del año pasado, desde Canadá hasta Rumania, registraron una afluencia inusualmente alta a las urnas. La victoria de Mark Carney fue ampliamente interpretada como un rechazo a la política estilo MAGA y a la creciente tensión entre Washington y Ottawa.

De manera contraria, el apoyo decidido de Trump a las campañas de Nasry Asfura en Honduras y Abelardo de la Espriella en Colombia se tradujo en triunfos electorales en ambos países, generando un amplio debate sobre la “injerencia” como elemento distorsionador de procesos que deberían mantenerse exclusivamente como nacionales. 

Los resultados de las elecciones intermedias en Estados Unidos determinarán si el “efecto Trump” puede generar mayor volatilidad en los comicios globales del futuro. En tanto, desde su regreso a la Casa Blanca su presencia sigue impactando a los procesos políticos del mundo.