Rudeza

La historia nos ha enseñado que a la dureza discursiva siempre le siguen violencia y asesinatos

En mis años de formación en la arena de la política aprendí muchas cosas de mis mayores. Frases, actitudes y reacciones. Una de las lecciones que más recuerdo es la que nos regaló Luis Donaldo Colosio: él creía en la construcción de la democracia a través de la discusión. No sólo era importante ganar las votaciones, sino también hacer prevalecer el imperio de las mejores ideas.

Gracias a su breve paso como senador, el sonorense intuía que las épocas del carro completo pronto llegarían a su fin y que era necesario tender puentes con los mejores políticos de la oposición. Su comunicación directa con personajes como Alejandro Encinas eran el reflejo de su convicción por romper el autoritarismo del que veníamos precedidos.

Colosio era un ave rara del ecosistema priista de la época. Mientras algunos se embelesaban con las virtudes de la eficacia política del presidencialismo, Luis Donaldo era autocrítico, tal como lo demostró el histórico discurso, que probablemente le costó la vida y que denostaba los usos arbitrarios del poder a los que ya nos habíamos habituado.

Al final, una bala cobarde acabó con la vida de nuestro candidato, pero su lección permanece incólume más de 30 años después de su partida. El país tomó otros rumbos abriéndose un proceso de transición política que nos llevó a la alternancia y a la construcción de un ideal democrático que de alguna manera aún nos acompaña.

Por desgracia, en México, y en muchas partes del mundo, la quimera de la “democracia por discusión” se está evaporando hacia un camino de polarización tóxica y fanatismo político que han hecho trizas la simbiosis entre el gobierno democrático y la tan necesaria oposición política.

Los debates basados en la diferencia de proyectos y de principios han salido de escena para dar lugar a demostraciones de fuerza por parte de quienes ostentan la mayoría. Cuando la superioridad numérica es avasallante, una dureza bestial, que pertenece a otras épocas, se ha apoderado de los intercambios públicos, empobreciendo el debate y avivando los prejuicios y los dogmas.

A la dureza discursiva, siempre aderezada por las descalificaciones y los epítetos absolutos, fatalmente comienza a fraguarse un fétido olor a violencia política que desemboca en asesinatos como el del senador Uribe en Colombia.

En el fondo, las redes sociales han desfigurado el ejercicio de la política al hacer que los algoritmos y las cámaras de eco trituren el derecho a la disidencia en pos de un mundo maniqueo, donde lo importante es exterminar a quien piensa distinto.

  • BALANCE

Al renunciar a las prácticas clásicas de la política que entrañaban respeto a las formas y las actitudes democráticas, tales como la tolerancia, la empatía o el derecho a las diferencias, la lucha por el poder se ha desnudado como un ejercicio rudo y brutal en donde lo único que cuenta es la defensa  de los intereses de grupo y la construcción de legiones de clientes, rehenes de una dádiva o sueldo.

Pareciera que los principios básicos de la estética política que ennoblecían a la democracia de antaño ya sólo existen en la política uruguaya, lugar en donde los más diversos aún se dirigen la palabra, a pesar de sus notables diferencias. Conscientes de los horrores de la dictadura, la pequeña nación sudamericana nos ha enseñado que es posible gobernar y alternar sin sacrificar la viabilidad de su proyecto democrático.

La dureza que caracteriza los tiempos que vivimos es un reflejo inequívoco de una contaminación, quizá irreversible, que ha destruido a nuestra biósfera democrática. La historia nos ha enseñado que a la dureza discursiva siempre le siguen la violencia y los asesinatos. Lo que se endurece, termina por romperse. Sin flexibilidad y empatía es imposible mantener una democracia de altura.

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