Desinformación: cáncer progresivo
La democracia padece de una suerte de “cáncer progresivo de desinformación”, que amenaza con hacer metástasis en el cuerpo democrático, generando una polarización tóxica, violencia y fanatismo político digno de las peores épocas del fascismo.
A invitación de Guadalupe Taddei, Presidenta del INE, el día de ayer tuve la oportunidad de participar en la ceremonia de inauguración de la II Cumbre de la Democracia Electoral, que este año se concentra en los efectos de la desinformación en la operación cotidiana de las autoridades electorales de la región.
Como lo hemos hecho con anterioridad, la OEA se suma a la realización de este importante evento, que reúne a autoridades electorales y expertos en materia electoral y de la democracia, para analizar, debatir y establecer propuestas de acción regional frente al fenómeno de la desinformación en los contextos electorales.
Hace algunos días, Anne Hidalgo, alcaldesa de París, publicó una carta en donde señala su decisión de abandonar la plataforma de la red social X, por considerar que los riesgos y peligros de participar en ésta superaban por mucho los beneficios de esa red social.
La decisión de Anne Hidalgo pone sobre la mesa la necesidad de reflexionar, con espíritu crítico, hasta dónde la difusión de mentiras, infamias y falsificaciones está destruyendo el propósito original de las redes sociales.
Estamos viviendo una era de violencia digital en la que, desde la manipulación de la información, se fomenta el odio, el acoso, el racismo; y, muchas veces, lamentablemente, la verdad poco importa.
El mal uso de las redes sociales nos hace navegar diariamente en océanos de desinformación y noticias falsas, convirtiendo a la mentira en la moneda de uso común en el debate democrático. El alcance global de la desinformación, sin límites de ningún tipo, se ha convertido, desde mi punto de vista, en el problema más apremiante de la democracia contemporánea.
La democracia padece de una suerte de “cáncer progresivo de desinformación”, que amenaza con hacer metástasis en el cuerpo democrático, generando una polarización tóxica, violencia y fanatismo político digno de las peores épocas del fascismo. La desinformación es el combustible que enciende hogueras de inconformidad poselectoral, cuestionando, en muchos casos infundadamente, la certeza de los resultados y generando dudas sobre la legitimidad de los gobernantes electos.
Los informes de las Misiones de Observación Electoral de la OEA evidencian que la presencia de la desinformación va de la mano con el aumento de la polarización política; violencia en contra de periodistas y mujeres; inequidad en la contienda; disputas y amenazas entre candidatos y ataques sistemáticos al trabajo de los organismos electorales.
Sin duda, es un momento de tensión, que demanda nuevos paradigmas y la necesidad de la evolución de la institucionalidad dentro de este nuevo escenario, más aún cuando el vertiginoso avance tecnológico supera con creces las capacidades institucionales de los organismos electorales.
BALANCE
En este contexto, los organismos electorales deben afrontar la desinformación a través del desarrollo de un nuevo modelo de comunicación política, distinto a la comunicación institucional tradicional, que establezca estrategias ágiles de acceso permanente a la información del proceso electoral.
Se deben establecer mecanismos de capacitación para autoridades y funcionarios, incluyendo a los medios de comunicación, con el objetivo de prevenir la difusión de la desinformación y su viralización, logrando desvirtuarla en forma oportuna y rápida, prevaleciendo siempre la información oficial. Necesitamos nuevas estrategias para enfrentar la desinformación, de la mano de los partidos, para evitar el diseño de campañas sucias basadas en el descrédito del adversario y el ataque a la institucionalidad electoral.
* Los puntos de vista son a título personal.
No representan la posición de la OEA
