Apatía ciudadana

Según el último informe presentado por The Economist Intelligence Unit (EIU), la calidad democrática está retrocediendo en América Latina.

Uno de los cimientos fundamentales de la democracia es la participación ciudadana en los asuntos de interés público, intervenir e incidir en aquellos aspectos de interés general en nuestras respectivas comunidades.

La tecnología ha transformado para siempre el modelo de comunicación política. Las nuevas herramientas de la información y la comunicación (TICs), junto con los medios digitales y las redes sociales, proporcionan a la gente, como nunca antes en la historia, abundante información desde diversas corrientes, espacios y ópticas.

Sin embargo, a pesar de la montaña de información a la que tenemos acceso, paradójicamente y de forma preocupante, en los últimos años se ha incrementado la apatía ciudadana sobre la cosa pública.

Quizá esta lamentable abulia social es resultado del cansancio público que produce el aumento exponencial de la polarización tóxica, la desinformación y los mensajes de odio, fenómenos que han alejado a la gente del verdadero debate y han erosionado la confianza ciudadana en las instituciones democráticas.

Según el último informe presentado hace pocos días por The Economist Intelligence Unit (EIU), la calidad democrática está retrocediendo en América Latina. Por cuarto año consecutivo existe un declive en el índice de democracia. El puntaje promedio en 2022 cayó a 5.79, por debajo del 5.83 en 2021.

La apatía ciudadana ha impactado los niveles de confianza hacia la política y la democracia. Según el informe antes mencionado, los latinoamericanos tienen un bajo nivel de confianza en las instituciones del Estado.

Según Latinobarómetro 2021, la indiferencia ciudadana frente al tipo de régimen que los rige alcanza 27% como promedio regional; ante lo cual, concluye que la indiferencia al tipo de régimen nos dice que los ciudadanos se han alejado de la arena pública y la política, declarando que les da lo mismo el tipo de régimen que les gobierna.

Esta indiferencia se refleja en el abstencionismo electoral y en el creciente desinterés de los electores. Se ha instalado una suerte de “aletargamiento” de la conciencia ciudadana, en el cual la razón y el discernimiento han cedido su espacio a las emociones antagónicas reflejo de la polarización tóxica y el fanatismo.

Este repliegue ciudadano incide en que los pesos y contrapesos carezcan de efectividad, al no activarse herramientas fundamentales como la contraloría social, la rendición de cuentas, el acceso a la información pública, los presupuestos participativos, los consejos consultivos, las veedurías ciudadanas; ahondando el abismo comunicacional y de gestión existente entre ciudadanos y mandatarios.

En este difícil contexto, es urgente recuperar el valor participativo y deliberativo de la democracia, en el cual los ciudadanos influyamos en las agendas públicas más allá de los ciclos electorales, reduzcamos la distancia entre gobernantes y gobernados, exigiendo una rendición de cuentas permanente y campañas políticas de altura que brinden alternativas a los problemas que enfrentamos.

BALANCE

Nuestras obligaciones democráticas no terminan con el ejercicio del sufragio. Como señala el secretario de la OEA, Luis Almagro: “La democracia evoluciona en la medida que la ciudadanía participe y juegue un papel protagónico en la vida pública. Es un sistema que se construye día a día, con la participación ciudadana y no solamente cada cinco o cuatro años a la hora de votar”.

Está comprobado que, si los ciudadanos se involucran en los temas públicos, en la medida que presionan, protestan y participan en la toma de decisiones, la democracia siempre se fortalece. No dejemos que nadie decida por nosotros.

*Los puntos de vista son a título personal.

No representan la posición de la OEA

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