Realismo mágico brasileño

El presidente interino, Michel Temer, consideró adecuado utilizar como lema de gobierno la frase: “No hable de crisis, trabaje”.

Juan Arellanes

En mayo de 2014, Alexandre Frota, actor brasileño de “cine para adultos”, narró en medio de risas en un programa de televisión su encuentro con una mujer menor de edad. Las redes sociales ardieron de indignación ante una clara apología del delito de estupro. Dos años después, Frota fue recibido por Mendonça Filho, ministro de Educación. Según el actor, llevó al ministro “una propuesta educativa”.

Tal anécdota, propio del realismo mágico, es parte de la degradación general de la vida política de Brasil. La Operación Lava Jato, que investiga una red de corrupción, lavado de dinero y malversación de fondos públicos que involucra a Petrobras, empresas contratistas y funcionarios públicos, ha encarcelado a decenas de políticos de alto perfil y muchos de los empresarios más prominentes del país.

Dilma Rousseff, suspendida de sus funciones el 12 de mayo, está siendo juzgada por el Senado. Pero las acusaciones en su contra no tienen nada que ver con Lava Jato. Una acusación de carácter político sobre malos manejos presupuestales fue convertida en un proceso previsto para casos penales. Diversos analistas se han referido a la destitución como un “golpe de Estado técnico”. La destitución fue orquestada por Eduardo Cunha, líder de la Cámara de Diputados, quien poco después fue suspendido por orden del Tribunal Supremo, al considerarse que montó “una red de obstrucción” para protegerse de las investigaciones que lo incriminan en el caso Lava Jato.

El presidente interino, Michel Temer, ha encabezado una gestión desastrosa. Conformó un gabinete de 22 ministros, todos ellos hombres y blancos, 12 de los cuales están siendo investigados por haber recibido donaciones electorales potencialmente ilegales. En poco más de un mes de gobierno, han sido destituidos tres ministros: el de Planificación, el de Turismo y el de Transparencia. El ministro de la Abogacía

General está en la cuerda floja.

Temer desapareció el Ministerio de Cultura, desatando fuertes protestas de la comunidad artística que lo obligaron a revertir tal decisión. Consideró adecuado utilizar como lema de gobierno la frase: “No hable de crisis, trabaje”. Después se reveló que Michelzinho, su hijo de siete años, es dueño de dos lujosas propiedades inmobiliarias en São Paulo, seguramente fruto de un intenso trabajo. La popularidad de Temer es inferior a 2 por ciento.

La pésima gestión interina no debe hacer perder de vista la escandalosa corrupción en que está sumergido el Partido dos Trabalhadores, en el poder desde 2003. Hay revueltas populares (estudiantiles, obreras y en las favelas) desde 2011, al tiempo que la crisis económica ha mantenido a Brasil en recesión durante dos años consecutivos.

A poco más de un mes de la inauguración de los Juegos Olímpicos, científicos advierten los riesgos del virus del zika para la salud global y sugieren un cambio de sede, en tanto que el gobierno estatal de Río de Janeiro ha declarado el estado de “calamidad pública” en su administración financiera.

Brasil es un país inmensamente rico en recursos naturales y con un potencial geopolítico enorme. Las presiones internas y externas para mantenerlo como una periferia exportadora de materias primas también son enormes. Brasil es profundamente injusto y desigual, con una clase política que recuerda a la de los romanos de la decadencia.

Profesor de Geopolítica. Facultad de Estudios Globales, Universidad Anáhuac-México Norte.

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