Futbol, entre huelgas y paros

Lo de Francia no es un hecho aislado, aunque sí es la respuesta más virulenta y mediática de las batallas que se libran en el mundo.

Por Gerardo Trujano Velásquez*

Mientras la Eurocopa 2016 se desarrolla sin contratiempos en Francia, la Reforma Laboral propuesta por el gobierno de François Hollande en marzo pasado enfrenta una ola de protestas y paros de sindicatos y ciudadanos, que se oponen a la medida.

Lo de Francia no es un hecho aislado, aunque sí es la respuesta más virulenta y mediática de las batallas que se libran en diversas partes del mundo entre dos contendientes: por un lado, el trinomio Instituciones Financieras-gobiernos-empresas y, por el otro, la clase trabajadora.

Al meollo de la confrontación los académicos lo llaman flexibilidad laboral, que consiste en abaratar el costo de la mano de obra para las empresas, con el objetivo de “incrementar la generación de empleo”, aunque en países en desarrollo, como México, también busca atacar la informalidad.

Este 3 de junio, el Banco de España publicó su Informe Anual y en él insta al gobierno español a reducir lo que denomina “excesiva protección” de los trabajadores bajo el régimen de empleo fijo, facilitando “la adecuación de los salarios a las condiciones específicas de las empresas”. En otras palabras, lo que pide es una nueva reforma laboral.

A la fecha ha habido tres reformas en España –1984, 2010 y 2012– y cada una de ellas se ha traducido en mayor flexibilidad laboral o, dicho en otras palabras, pérdida paulatina de los derechos adquiridos de los trabajadores. El argumento siempre ha sido el mismo y es el que ahora esgrimen el gobierno francés y el Banco de España: generar más empleo.

Sin embargo, el caso español demuestra que dicha argumentación encierra una falacia. Aquí dos ejemplos: la reforma de 1984 buscó atacar el desempleo, que superaba 20%. En su momento se logró crear empleo en España, pero a costa de un proceso de sustitución de empleos fijos por temporales (entre 1984 y 1991 se crearon 3.1 millones de empleos temporales, de los que 1.4 millones sustituían empleos fijos).

Para la reforma laboral de 2012, el gobierno de Mariano Rajoy nuevamente buscaba disminuir el desempleo, que ascendía a 23%. La reforma permitió realizar ajustes salariales (a la baja, claro) y el abaratamiento del despido. Sin embargo, cuatro años después, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística de España, en el primer trimestre de 2016 la tasa de desempleo fue de 21%.

Es evidente que las reformas laborales no han dado los resultados prometidos. A pesar de ello, sus promotores insisten en castigar aún más a los trabajadores. En mayo pasado, Juan Rosell, presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, dijo que “tener un trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX”, por eso habría que abaratar más el despido.

Además de ignorancia –porque los derechos de la clase trabajadora se consolidaron en la segunda parte del siglo XX, en el contexto de la Guerra Fría y las políticas del estado de bienestar—, la declaración del señor Rosell demuestra una nula sensibilidad hacia el ser humano.

Si, como lo demuestra el caso español, las reformas laborales no sirven para acabar con el desempleo, pero sí empobrecen a los trabajadores, ¿cómo pretende el gobierno francés convencer a sus ciudadanos y organizaciones sindicales de que la reforma que se disputa en ese país sea bien recibida? Hasta ahora sólo se han sacrificado los trabajadores ¿acaso no existen otras opciones?

* Coordinador académico de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México.

forointernacional@anahuac.mx

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