La lucha contra la radicalización en Francia
De acuerdo con el gobierno galo, alrededor de 9,300 personas han sido identificadas como “radicalizadas”.
Por Christel Bade*
El 9 de mayo, el primer ministro francés, Manuel Valls, anunció un nuevo plan de acción nacional para luchar contra el terrorismo y la radicalización. El plan surgió como respuesta a los atentados perpetrados en Francia y Bélgica en 2015 y 2016, respectivamente, y tiene el objetivo explícito de evitar que una radicalización violenta lleve a ciudadanos franceses a unirse a las filas de grupos extremistas como Daesh (forma alternativa de llamar al Estado Islámico).
De acuerdo con el gobierno francés, alrededor de 9,300 personas han sido identificadas como “radicalizadas”, por lo que era necesario adoptar una estrategia nacional para “poder luchar contra el yihadismo”. Así, el plan de acción contempla 80 medidas, divididas en siete prioridades, para hacer frente a lo que Valls llamó “el mayor reto para nuestra generación”.
De esas siete prioridades, seis –detectar la radicalización, actuar en contra de ella, prevenirla, apoyar a personas radicalizadas, analizar los motivos que llevan a la radicalización y desarrollar un discurso en contra de ella, y proteger a los ciudadanos franceses- suenan lógicas y, de implementarse correctamente, podrían resultar positivas.
La séptima prioridad es preocupante. Se trata de construir “centros de ciudadanía y rehabilitación” (oficialmente, reinserción) en todas las regiones francesas para finales de 2017. De acuerdo con el encargado de este proyecto, Pierre N’Gahane, en esos centros se buscará “desradicalizar” a 30 jóvenes de entre 18 y 30 años por medio de un programa con una duración de 10 meses. En ese tiempo, los jóvenes serán sometidos a una estricta vigilancia las 24 horas del día, portarán uniforme, harán honores a la bandera francesa por lo menos una vez a la semana y, en general, serán “atraídos” a los valores de la República.
Según Valls, esto se hará sólo con personas que realmente demuestren estar arrepentidas y después de “evaluar su sinceridad y deseo de reintegrarse a la sociedad en el largo plazo”; además de tener que ser personas radicalizadas, pero no violentas.
Suena bien, ¿no? Lo que el gobierno francés presenta como un proyecto que nace de la buena voluntad (claro que también es una cuestión de seguridad nacional) por reintegrar a la sociedad a jóvenes radicalizados, en realidad se asemeja más a aquella famosa película de la década de los 70, La naranja mecánica, en la que un joven delincuente es sometido a tortuosas sesiones de adoctrinamiento para regresarlo al camino del bien.
Francia no es el único país europeo que se enfrenta al problema de radicalización, pero es el único que ha propuesto una medida como la antes mencionada. En Alemania y en Bélgica se trabaja de una forma más “personalizada”, en el sentido de que a los jóvenes radicalizados se les da un seguimiento y apoyo individual y familiar. En Francia también existe esa modalidad de ayuda, por medio de unidades de seguimiento en las prefecturas de los departamentos, pero el gobierno considera que no es suficiente para lograr una reintegración exitosa a nivel nacional.
La preocupación que surge con la propuesta de Valls es que los centros se conviertan más bien en un nuevo semillero de radicalismo. Separar a los jóvenes, etiquetarlos como radicales y “enseñarles” a ser buenos ciudadanos franceses no suena a reintegración, y menos porque, de por sí, la mayoría de esos jóvenes nunca han estado integrados…
* Coordinadora académica. Facultad de Estudios Globales, Universidad Anáhuac México.
