En 1992, cuando el novelista estadunidense Nicholson Baker publicó Vox, internet apenas se asomaba. La novela es mínima (apenas 190 páginas en su versión en español en editorial Alfaguara). La trama, simple: dos desconocidos, un hombre y una mujer de dos extremos de Estados Unidos, conversan por una línea telefónica erótica (hot-line), y ya. No hay acción. Solamente un largo diálogo con el deseo como motor, la curiosidad como caja de herramientas y la mediación tecnológica del hoy llamado “teléfono fijo”.
Poco más de 30 años después, la anterior nota se asemeja a una premonición económica. Hoy ese mismo intercambio íntimo (fantasía a distancia mediada por tecnología y pagada por el usuario) sostiene una industria digital global cuyo emblema es OnlyFans.
La intimidad como modelo de negocio. Las antiguas hot-lines sexuales de los años 80 funcionaban con una lógica elemental: pagar por minuto para escuchar o hablar con una operadora, preferentemente de voz “sexy”. Vox, la novela, captó ese momento cultural en el que la intimidad empezó a ser un servicio mediado por la tecnología.
La diferencia es que el teléfono fue apenas el primer prototipo. Hoy, OnlyFans ha convertido esa lógica en un jugoso negocio global. En 2024 los usuarios gastaron alrededor de siete mil 200 millones de dólares en la plataforma, mientras que la empresa obtuvo mil 400 millones de dólares en ingresos mediante su comisión de 20% sobre cada pago. Un año después, México se ubicó como el país principal en consumo de OnlyFans en Latinoamérica, con 291 millones destinados a ese servicio, un volumen de gasto de los más grandes entre los mercados digitales de nuestro país.
En números, hay más de 377 millones de cuentas de usuarios (“fans”) y alrededor de 4.6 millones de creadores participan en el sistema. Difícil encontrar otro ejemplo en el que la economía digital se base tan explícitamente en la monetización de la intimidad.
A diferencia de la pornografía industrial del siglo XX —revistas, los casetotes VHS o sitios web—, OnlyFans vende una suerte de proximidad simulada. El usuario no compra un producto tangible, compra la ilusión de relación. En parte lo analizó Lipovetsky en su clásico La era del vacío, en el que expone una sociedad flexible y maleable.
El caso es que hoy se accede, gracias a los teléfonos inteligentes, al contenido personalizado. En el lenguaje económico actual, esto se conoce como economía del creador. El consumidor paga directamente a la persona que produce el contenido, sin necesidad de intermediarios. Sociólogos aseguran que estamos pasando de una “economía de la intimidad física” a una “economía de la intimidad digital”. Ahora el deseo se canaliza a través de pantallas, suscripciones y algoritmos.
Y sí: investigaciones de instituciones como la National Opinion Research Center de la Universidad de Chicago muestran un aumento en la inactividad sexual entre adultos jóvenes, un fenómeno al que llaman sex recession. Estudios indican que el porcentaje de personas que reportan no haber tenido sexo en el último año pasó de 12 a 24 por ciento. Entre los factores señalados se encuentran la ansiedad económica, el agotamiento laboral y el tiempo creciente frente a las pantallas, que redefinen la manera en que interactuamos social y sexualmente.
En paralelo, OnlyFans representa esa nueva economía de la intimidad digital. No hay evidencia concluyente de que aquélla y otras plataformas similares sustituyan de manera significativa el sexo real, pero su consumo refleja una transformación cultural.
Lo notable es que Baker ya había intuido algo de esto en Vox. Anonimato, confesión y fantasía, una mezcla conveniente. Lo que en 1992 era una línea telefónica, hoy es un ecosistema digital. La tecnología cambió; el impulso humano, no. En los años 90 era el teléfono. Hoy son los smartphones. Mañana, quién sabe.
Quizás ninguna facultad de letras del mundo se pelee por analizar Vox, pero en ella se reveló esa economía íntima del siglo XXI. De hecho, durante su campaña presidencial, Bill Clinton citó públicamente a Vox entre sus lecturas favoritas de entonces. La declaración contribuyó a que el libro se convirtiera en un best-seller. Años después, el escándalo con Monica Lewinsky hizo que se recordara aquella mención para el deleite de los analistas políticos.
