¡Sufragio efectivo, no! ¡Reelección!
Priistas de renombre han evocado la no reelección en la presidencia del partido. Llegar a este punto sólo recuerda que los militantes de esa entidad política siempre guardaron cobarde silencio, que se suele confundir con disciplina partidista.
Ante los recientes zipizapes en el ámbito del otrora poderosísimo Partido Revolucionario Institucional, conviene traer a cuento la broma que se hacía durante la década de los años 80 del siglo pasado: “¡Sufragio efectivo, no! ¡Reelección!”, en detrimento del “Sufragio efectivo, no reelección”. La importancia de una coma.
Recuerdo a los antiguos servidores públicos citar la picante frase, sobre todo en tiempos electorales. Esa máxima se recababa en el interior del PRI, esto es, en el aparato de la función pública. Ya en el reparto de posiciones, el partido político que ostentara el poder durante más de siete décadas nada novedoso creaba, pero tampoco destruía sobre los senderos que se le fueron abriendo. Simplemente, el PRI se transformaba… sin renunciar a sus principios de hacerse de buen patrimonio a costillas del erario.
Ante el affaire de Alito Moreno, priistas de renombre han evocado la no reelección en la presidencia del partido. Llegar a este punto sólo recuerda que los militantes de esa entidad política siempre guardaron cobarde silencio, que se suele confundir con disciplina partidista. En casos vergonzosos, maniataron a sus correligionarios que reclamaron medidas democráticas. Ahí está el origen de su larga descomposición.
Es verdad que el cisma de 1988, con Ifigenia Martínez, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo a la cabeza, cimentó de alguna manera el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, en 2018, y eventualmente el de Claudia Sheinbaum, el 2 de junio pasado, pero en esencia los dinosaurios priistas (y quizás el último sea Manuel Bartlett) de manera paulatina desaparecieron del mapa en las últimas dos décadas. En su día se les ocurrió denominarse “el nuevo PRI”, con Roberto Madrazo en su presidencia y Elba Esther Gordillo en su secretaría general, un coctel venenoso que, desde luego, hizo implosión.
La alternancia de Vicente Fox supuso un golpe de timón, pero el poder rebasó a los panistas, pusilánimes y pésimos operadores de la burocracia y sus normas oficiales. Sin embargo, sacar al PRI de Los Pinos, como proclamaba el guanajuatense, resultó un Everest impensable unos años antes del primer gobierno con colores distintos al tricolor.
En esos días, Gilberto Rincón Gallardo, viejo comunista de raza y candidato a la Presidencia en 2000 con una plataforma socialdemócrata, vaticinó el final del PRI a raíz de esa derrota. No contaba con el peñanietismo, ascendido al poder por la desgraciada gestión del calderonato, pero cuya corrupción e incompetencia daría un golpe definitivo, diría yo, al priismo.
Desde mi punto de vista, la sangría del PRI tiene al menos tres décadas. Son muchos años en la resistencia, pero esa capacidad fue patrocinada por los gobiernos que conservaron en el interior de la República, mismos que se han perdido gracias al activismo de Andrés Manuel López Obrador. Al Presidente se le puede acusar de muchas cosas, pero nunca de dormirse en sus laureles.
Será cuestión de tiempo para que el PRI haga pública su carta de defunción. Notaba Francisco Labastida, su candidato presidencial que perdiera por primera ocasión la Presidencia, que Alito Moreno busca “impunidad” y “seguirse beneficiando de las prerrogativas que recibe el partido”. También se refirió al polémico dirigente como “el sepulturero del partido” (El Sol de México, 11-VII-2024).
Ignorante de la ciencia política y heterodoxo en su proceder, Alito Moreno parece alistar una lobotomía al PRI. La oposición hace cuentas de su desastre. El PAN, ahora mismo en proceso de renovar su dirigencia, proyecta “romper” la alianza con el PRI, un “error histórico” (El Universal, 12-VII-2024). Vivimos días lluviosos y se avecinan nubarrones. Mientras tanto, AMLO y Claudia Sheinbaum siguen de gira por el país.
