Rogelio Salmona: el ladrillo como firma cultural

Dicen que lo primero que llama la atención apenas aterrizar en Bogotá es el ladrillo. No faltará el pasado de listo que sostenga que lo mismo ocurre en Gran Bretaña. Por lo demás, la isla tiene la clara ventaja de contar con esa identidad urbana desde el siglo XVII, después maximizada durante la Revolución Industrial. Ante ello, puede que Londres y todas las ciudades británicas tengan millones de casas en serie —una simple peculiaridad—, lo que provoca confusión en el turista distraído que se pierde por sus calles estrechas, pero en la capital de Colombia, a juzgar por los testimonios recabados para este espacio y la evidencia visual disponible en la red, se aprecia una suerte de esculturas monumentales dispuestas por avenidas y barrios. Edificios, casas y espacios públicos le dan una impronta fantástica a esa urbe sudamericana.

El autor de ese paisaje tiene nombre y apellido: Rogelio Salmona, arquitecto bogotano nacido en París, condiscípulo de Teodoro González de León, su amigo, ambos bajo el magisterio de Le Corbusier. A propósito de Salmona, me encontré un texto de Iván Gallo que comienza así: “En junio de 1947, Gabriel García Márquez había descrito Bogotá como una enorme parroquia en donde los hombres vestían de negro, no había mujeres en la calle y donde siempre llovía”. Llegado a este punto es posible advertir que la elección del ladrillo no fue una cuestión meramente estética, porque es un material transpirable y ayuda a regular la humedad de los interiores.

Pero decir que Salmona le dio forma y carácter a Bogotá es una realidad palpable para cualquiera que la recorra. A lo largo de cinco décadas, el arquitecto fue capaz de interpretar los saberes locales y dotar a la urbe de un discurso visual original, una ética espacial y un lenguaje estructural inconfundible. Se diría que las grandes capitales tienen sus íconos. En la CDMX está el Ángel de la Independencia. En Buenos Aires, el obelisco. Cuando se piensa en París, la torre Eiffel aparece en la mente y Londres es impensable sin el Big Ben. En Bogotá el ladrillo es cuerpo y esencia. 

El llamado “Rojo Bogotá” desterró el gris del concreto expuesto y los caóticos colores a lo largo de kilómetros de fachadas, tan propios, dicen los arquitectos, de una feria del hogar. Al adoptar el ladrillo, Salmona logró una comunión cromática entre las edificaciones y la geografía de los Cerros Orientales, frontera natural de la ciudad, lienzo “vermelho” y fondo habitual de bellas postales de voluntad plástica. En ese sentido, la obra de Salmona, joya colombiana para el mundo, merece respeto y cuidado.

Sin embargo, no todos comparten esa visión. En días recientes se desató una fuerte polémica por la demolición de una escalera en un departamento del edificio Altos de Santana, un “bien de interés cultural”, según la declaratoria correspondiente.

Un despacho de decoración de interiores que dirige una popis (una influencer, como ya se dice) que aparentemente hizo estudios de arquitectura, publicó un video con la remodelación de la propiedad. En él explica que reemplazó la escalera porque el espacio resultaba demasiado oscuro y poco funcional. El video se viralizó y generó indignación, ya que la intervención se realizó sin permisos, pese a que el inmueble exige conservación de sus escaleras, muros y fachadas.

La Fundación Rogelio Salmona reaccionó con dureza. Demandó reconstruir la escalera original (para la cual existen planos). La alcaldía de Bogotá y demás instancias correspondientes abrieron una investigación y los propietarios recibieron una multa millonaria.

Se dirá que los dueños de algo pueden hacer lo que les plazca con lo que compran, pero no cuando se trata de patrimonio. Como espejo está la casa de Marilyn Monroe en Los Ángeles, rescatada para siempre de la demolición, en septiembre del año pasado, tras una larga batalla legal, por ser considerada un valor histórico.