On Kawara y el 11S en Nueva York

Dicen los que saben que la obra de On Kawara (1933-2014) conmueve profundamente. A ojos de quien esto escribe, en efecto, provoca un impacto que no se explica del todo. Hay en sus piezas, frías y aparentemente austeras, un recordatorio latente sobre la existencia humana, la fragilidad de la vida y el paso inexorable del tiempo. Pocos episodios ilustran mejor esa frialdad formal y la calidez de fondo que la manera en que el artista japonés, instalado en Nueva York desde 1965, respondió a los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Kawara pasó casi cinco décadas pintando a diario, si el tiempo se lo permitía, un lienzo monocromático con la fecha de esa jornada. La serie Today inició en enero de 1966. Cada pintura debía completarse antes de la medianoche o era destruida; cada una se guardaba en una caja de cartón hecha a mano y forrada con un recorte del periódico local del día. Dos días después de los ataques a las Torres Gemelas, Kawara —que vivía en Nueva York— completó SEPT. 13, 2001. Según documenta la Colección Pinault, la caja de esa obra conserva un artículo de prensa sobre el atentado, ilustrado con una fotografía del World Trade Center en llamas.

En realidad, la pieza revela lo que calla. Frente a la sobreexposición mediática de la tragedia —las torres cayendo en todos los noticieros el mundo—, Kawara opone su ritual: una fecha, un fondo neutro, una caligrafía sin adornos. Queda sobre un lienzo la constancia de que ese día existió y de que él, como millones de personas, lo atravesó. Ese contraste entre la magnitud del hecho y la humildad del registro es SEPT. 13, 2001.

Como dato al calce, Kawara llegó por primera vez a México en 1959 y vivió en el país un periodo formativo. Regresó en 1968, esta vez instalado varios meses en la CDMX. Aquí, sus Date Paintings comenzaron a forrarse con recortes de Excélsior, pero también de El Heraldo. Esa misma tensión entre lo individual y lo colectivo acaso alcanzó su forma más radical en One Million Years, la obra en la que Kawara mecanografió un millón de años hacia el pasado y un millón hacia el futuro, dedicada respectivamente “a todos los que han vivido y muerto”. Desde 1993, la pieza se lee en voz alta en sesiones públicas alrededor del mundo con un lector y una lectora que alternan, año tras año, sin descanso.

Esa rotación despoja a cada fecha de rostro y de dueño. No importa quién lee ni a quién pertenece cada año: la voz masculina y la femenina se turnan como un metrónomo.

Advertí ese mismo dispositivo de voces que se turnan a un ritmo que no cede al protagonismo individual en la ceremonia marcó los 25 años de los atentados. En la Zona Cero de Nueva York, familiares de las víctimas se reunieron junto a las fuentes que ocupan el lugar de las Torres para leer, uno por uno, los nombres de las cerca de las casi tres mil personas asesinadas en 2001, además de un silencio dedicado a quienes han muerto después por enfermedades ligadas a la exposición tóxica en el área. 

Se argumentará que la analogía a la luz de la vida y obra de Kawara no es justa. No lo es. Ninguna es. En su día, Stockhausen calificó al atentado a las Torres Gemelas como “la mayor obra de arte de todos los tiempos”, lo que desató una enorme polémica mundial y la cancelación de sus conciertos. 

En ese sentido, One Million Years diluye la identidad en el flujo indiferente de las fechas. La ceremonia del 11 de septiembre restituye, con nombre y apeliido, la identidad que el atentado redujo a estadística. Son dos respuestas opuestas y complementarias frente a la misma pregunta. Año tras año, nombre tras nombre, hasta que memoria, identidad y comunidad se vuelven, de nuevo, una misma cosa, como antes era, según dicta la nostalgia, la vida antes del 11S.