Matar es fácil, lo difícil es deshacerse del cuerpo
De cocina y sangre hay varios ejemplos.
No ubico a los actores españoles Rodolfo Sancho y Silvia Bronchalo, pero, según la Wikipedia, el primero es hijo del también actor Sancho Gracia, “y de Noelia Aguirre, hija del periodista y diplomático uruguayo Martín Aguirre Rodríguez-Larreta, director del diario El País, de Uruguay (fallecido en 1996)”. Para extender los notables lazos, el padrino de bautizo de Rodolfo Sancho fue Adolfo Suárez, el primer presidente del gobierno de la democracia española.
Por lo que veo, Rodolfo Sancho cuenta con una dilatada carrera, tanto en cine como en televisión. Silvia Bronchalo, en cambio, tuvo una trayectoria mucho más modesta. Incluso desde hace muchos ayeres permanece alejada de las luces y las cámaras. Rodolfo y Silvia se conocieron jóvenes. Antes de que cumplieran los 20 años tuvieron un hijo, Daniel Sancho, que se convirtió en un chef de prestigio y cuyo nombre en semanas recientes le diera la vuelta al mundo tras ser condenado en Tailandia por asesinar a Edwin Arrieta, un cirujano plástico colombiano.
El caso roba los focos porque las autoridades del país asiático acusan al chef por el descuartizamiento de su víctima. En lugar de la pena de muerte, a Daniel Sancho le dieron cadena perpetua por “colaborar” en las investigaciones. ¿Qué lo llevó a esta tragedia? Se trató de un accidente tras una pelea en la que se defendió de un intento de agresión sexual, pero hay matices: existen registros en video del chef comprando cuchillos y otros utensilios antes del crimen, y restos del cuerpo de la víctima, una mano por aquí, un tórax por allá, fueron encontrados en la basura y en el mar.
De cocina y sangre hay varios ejemplos. Citaré un par. Uno: no todos los asesinos cuentan con el ingenio de Hannibal Lecter, cuyos invitados celebran sus dotes culinarias, ignorantes de que cometen canibalismo. Dos: la suerte de la protagonista de Cordero asado (un relato de Roald Dahl), que mata a su marido de un certero golpe, precisamente con la pierna que habrían de cenar, misma con la que deleita a los policías que inician las pesquisas del caso. Así se deshace del arma homicida.
Daniel Sancho, empero, cuenta con lo esencial que todo chef debe tener. Nada de cuestiones sibaritas ni de horas cocina. El primer y último requisito para cualquier chef es tener estómago.
CAJA NEGRA
Como las fiestas de pueblo, el Fondo de Cultura Económica tiene días celebrando sus 90 años. Vale recordar una de sus mil y una anécdotas. Como director del FCE, Arnaldo Orfila publicó Los hijos de Sánchez, del antropólogo Oscar Lewis, un retrato de una familia marginada de los años 50 de la Ciudad de México, y se armó un escándalo: “El mexicano no es así, cómo creen, qué imagen daremos”, a lo que se sumó el fulminante dicho del presidente Gustavo Díaz Ordaz: “¿Cómo que un pinche argentino dirige la editorial del Estado?”. Era noviembre de 1965.
En solidaridad u obligados, se van casi todos los colaboradores de Orfila (despedido “por ser extranjero”), que fundó Siglo XXI, pero los compromisos editoriales son compromisos editoriales. Alí Chumacero sigue trabajando, de manera clandestina, en las obras de Xavier Villaurrutia, que había muerto unos 15 años antes. De hecho, trabaja el doble. El FCE aún estaba en lo que hoy es la librería Cosío Villegas, frente a Plaza Universidad. El policía de las oficinas conoce bien a Alí Chumacero, lo deja entrar. Se hace de la vista gorda. Una noche, ya muy tarde, el administrador de entonces descubre a Alí. Le pregunta: “Maestro, usted ya no trabaja en el Fondo, ¿qué hace usted aquí?”, y el poeta de Acaponeta responde: “Lo siento, tengo mucho que hacer, estoy terminando el trabajo de Villaurrutia”. A lo que el funcionario diazordacista respinga: “¿Y qué, por qué está usted haciendo su trabajo, ese Villaurrutia no puede hacerlo, o qué?”.
