En una acepción clásica, los periódicos construyen, moldean y consagran a los personajes públicos. Los editores deciden qué temas son importantes y qué rostros aparecen en primera plana. Salir en la televisión o hablar en la radio es importante. Hincha el ego. Pero ese éxito pasajero no se compara con enmarcar planas y colgarlas en salas u oficinas, ornamentos que continuarán su exhibición ad infinitum.
Es difícil saber si Mark Zuckerberg, el dueño de la poderosa Meta, tiene su primer artículo enmarcado. Hoy en día se estima que se publican a diario entre 3 mil y 10 mil notas y artículos en medios digitales, impresos y agencias de noticias de todo el mundo sobre este iconoclasta de Harvard. Esta semana su empresa acordó pagar hasta 18 mil millones de dólares a una coalición de estados de la Unión Americana y aplicar restricciones a los menores de edad usuarios de Facebook e Instagram, un asunto que, por lo demás, se discute en el resto del planeta. Al calor de este acuerdo en un juzgado de Oakland, en Alemania, por ejemplo, organizaciones de defensa de los consumidores reclamaron reglas más estrictas para las redes sociales.
Una nota negativa en un diario se tira a la basura, y ya. En el caso de Zuckerberg, las malas nuevas le llegan prácticamente cada minuto a través de cualquier dispositivo inteligente. Pero hay que advertir que el dueño de Meta ha alzado su imperio a base de barrabasadas. A sus 19 años enfrentó su primer escándalo público por un proyecto que vulneró la privacidad en su propia alma mater, incidente ocurrido en noviembre de 2003 y registrado a detalle en The Harvard Crimson, un diario estudiantil decimonónico.
La historia es conocida: Zuckerberg creó, en una noche, el sitio Facemash, en el que se calificó el atractivo físico de los alumnos ( y sobre todo de las alumnas) mediante fotografías obtenidas sin autorización. Tras clausurar el portal, Zuckerberg compareció ante la Junta Administrativa de la institución, y The Harvard Crimson hizo la cobertura.
Se diría que ese polémico ensayo tecnológico, un código que se salió de control, anticipó los debates globales sobre privacidad de datos que hoy acechan a Meta. En ese entonces encendió las alertas de colectivos estudiantiles. Hoy, la niñez del planeta está cautiva, visualmente, ante el canto de las sirenas o del flautista de Hamelín.
Zuckerberg, un multimillonario sin escrúpulos, puede que sea un genio, pero vistas las cosas hasta el momento su vida se ha regido a base de innovar, aprovechando vacíos legales, y poner cara de circunstancia (con un gigantesco cheque que, para su fortuna, equivale quitarle un pelo a un gato) en un tribunal, ante padres de familia y cámaras de televisión y flashes.
“Muévete rápido y rompe cosas” (Move fast and break things), su frase más famosa, fue el lema de guerra en las instalaciones de Facebook. Pasado el tiempo, advertimos que lo que ha roto Meta son vidas. Pero se aprende más de los errores que de los éxitos.
Al equivocarse, se mejora. Porque las redes sociales son un híbrido de comunicación (algo se quiere decir), relaciones (se hace contacto con gente), psicología (los posteos dicen mucho de quien los hace), derecho (deben existir límites) y ética (qué no sería correcto difundir). En corto, lo dijo Hipócrates en el caso de la medicina: “La primera regla es no hacer daño”. Quizás a la gente de Meta les haga falta parafrasear a otro médico: “El que mucho sabe de Meta, en realidad no sabe de Meta”.
CAJA NEGRA
Hace años leí que el sistema público de salud de Noruega es tan bueno, que el rey ahí hacía sus consultas y se internaba, también en línea con una voluntad de austeridad y proximidad con la ciudadanía. El caso es que el rey Harald V murió en Oslo y en México está pendiente tener un sistema de salud como el de Dinamarca.
