Jake Paul vs. Mike Tyson: el nuevo fraude del boxeo
Hubo preocupación porque el encuentro carecía de los parámetros de igualdad. Ya durante la pelea, un fuerte tufo a fraude se esparció por todos lados.
Hay quienes niegan que el boxeo sea un deporte. Se trata de una de las eternas discusiones en las sobremesas. Al margen de la severa preparación física que requiere cualquier pugilista, lo que en automático lo convierte en un ente atlético, el reparo consiste en que, arriba del ring, el objetivo es lastimar al rival. Sí y no. En otra definición clásica, el boxeo es el arte de golpear y evitar ser golpeado, pero, efectivamente, una vez que suena la campana, el asunto está a años luz de considerarse un encuentro de caballeros (o de cultas damas), aunque al final ambos exponentes se fundan en un sentido abrazo.
Como sea, se podría convenir que el boxeo no es un juego. Que todo ahí es real. Aunque las peleas estén arregladas, “los putazos no son dulces”, suele decir don Nacho Beristáin, mánager legendario, dueño del Romanza, gimnasio en el que ha forjado al menos una veintena de campeones del mundo.
Supo el actor José Alonso que este negocio va en serio. A mediados de la década de los años 80 sufrió la rotura de un par de costillas cuando, en la puesta en escena de ¡Pelearán 10 rounds!, de Vicente Leñero, en su papel de Bobby Terán (Bobby Chacón, en la vida real), “enfrentó” a Pipino Cuevas, antiguo monarca mexicano de peso welter, conocido precisamente por el poder de sus puños.
Sobre las peleas pactadas para que uno u otro boxeador caiga a la lona son mucho más comunes de lo que se sospecharía. La bibliohemerografía al respecto, bien tratada, bien llevada, daría para muchos doctorados, pero algunos de esos relatos han quedado plasmados en sendos libros y filmes. Uno de ellos, Slaughter in the streets. When Boston became boxing’s murder capital (Hamilcar, 2020), da cuenta del largo brazo de los gánsteres de la capital de Massachusetts que operó durante décadas, deshaciéndose de los pugilistas que ya no les eran útiles.
Los párrafos anteriores vienen a cuento por la pelea de carácter oficial de la semana pasada, en Texas, entre Jake Paul, exitoso youtuber y emprendedor de 27 años, y Mike Tyson, de 58 primaveras, tremendo excampeón mundial de los pesos pesados, en su día el hombre “más intimidante del planeta”, que definitivamente hoy en día conserva el swing.
Antes del combate, transmitido a nivel global por Netflix, hubo preocupación porque el encuentro carecía de los parámetros de igualdad. Ya durante la pelea, un fuerte tufo a fraude se esparció por todos lados.
No es la primera ocasión en que un evento de este tipo resulta una decepción. La historia tiene registros de combates que, por muy de exhibición que sean, o que tengan fines benéficos, resultan puro esperpento. En su día, Manute Bol, un espagueti sudanés de 2.31 m que jugó en la NBA, enfrentó al Refrigerador Perry, una bola de 150 kilos de grasa, campeón con los Osos de Chicago de la NFL en 1986.
Asistimos hoy en día, empero, a un pésimo espectáculo que se vendió como fórmula de gran negocio. Según Netflix, el Jake Paul-Mike Tyson es el evento deportivo “más transmitido de la historia”. Ese combate fue visto por 108 millones de telespectadores en vivo en todo el mundo desde la campana inicial hasta el anuncio de las tarjetas.
El evento, dice Netflix, fue el número uno en 78 países, incluyendo Argentina, Australia, Brasil, Canadá, Alemania, India, Italia, México, Sudáfrica, el Reino Unido y Estados Unidos, y estuvo en el Top 10 en 91 naciones durante la semana del 11 al 17 de noviembre. La pelea generó más de mil 400 millones de impresiones en las redes sociales de Netflix en todo el mundo.
Sin duda, son números impresionantes. Netflix ganó por nocaut, pero parte del boxeo murió esa noche. Tyson, desde luego, pudo tumbar a Paul, admirado por su manera “fácil” de hacer dinero. ¿Alguien apetece un plátano por seis millones de dólares?
