Hija del 68

Hoy en día la realidad golpea fuerte ante una paradoja crucial: convenimos en estar muy cerca de lo que los expertos llamaron “normalidad democrática”, pero bastante lejos de circular con tranquilidad, sin importar la hora, por calles y carreteras.

No resultó extraño ni baladí que Claudia Sheinbaum, en su discurso inaugural como Presidenta de México, haya reiterado ser hija del 68, justo unas horas antes de conmemorar el 56º aniversario del 2 de octubre. Tampoco fue raro que le haya dedicado su primera mañanera a ese oscuro acto de la Plaza de las Tres Culturas. Quizás el mejor resumen de esos días y esos años lo dio Luis González de Alba, uno de los líderes estudiantiles que terminó preso en Lecumberri, cismático de la izquierda con el paso de los lustros.

Ante los primeros acontecimientos políticos del siglo XXI, ya con plena libertad para decir lo que fuera (aunque en algunos casos se dijera barbaridad y media), González de Alba se burlaba de que le llamaran “guerra sucia” a la propaganda destinada a manchar la imagen de cualquier figura pública con aspiraciones electorales. Ante ello, mencionaba que, en el 68, guerra sucia implicaba que te secuestraran, te arrancaran los huevos y tu cuerpo amaneciera en algún paraje del Ajusco.

En alguna oportunidad, en este espacio me referí a los hechos de la noche de Tlatelolco como un epicentro esencial para los cambios que después llegaron. Se diría que las revueltas que en ese año ocurrieron en las calles de París, Praga y México pasaron a las pistas de los Juegos Olímpicos de 1968 con el gesto de rebelión de los atletas negros Tommie Smith y John Carlos. Qué mejor lugar en nuestro país que Ciudad Universitaria para albergar el Black Power, cuyas imágenes de esos puños en alto le dieron la vuelta al mundo e inspirarían a miles de hombres y mujeres para continuar con una lucha trágicamente alterada.

Tampoco debe considerarse como meramente ornamental o como una prueba de sumisión, el recuerdo de la presidenta Sheinbaum a la promoción del desafuero de Andrés Manuel López Obrador durante su etapa al frente del gobierno de la capital. En aquel entonces, los colaboradores del general Rafael Macedo de la Concha, procurador general durante el sexenio de Vicente Fox, divulgaron decididamente su férrea intención de seguir adelante contra AMLO, “un peligro para México”, según rezaba una agresiva estrategia de publicidad que circuló a través de la radio y materiales impresos.  

Sin embargo, hoy en día la realidad golpea fuerte ante una paradoja crucial: convenimos en estar muy cerca de lo que los expertos llamaron “normalidad democrática”, pero bastante lejos de circular con tranquilidad, sin importar la hora, por calles y carreteras. Sinaloa, en particular Culiacán y sus alrededores, vivieron los días más extraños en los momentos de un cambio de poder. La tierra del tomate padece una guerra doméstica (e intestina) que atemoriza, arrasa y deglute al ciudadano de a pie. Sí, el 68 constituye una de las “mayores atrocidades” que han ocurrido en México, pero la guerra contra el narco ha dejado un sinnúmero de huérfanos y madres buscadoras. Una hija del 68 podría actuar en consecuencia.

CAJA NEGRA

Los Hoyas de la Universidad de Georgetown jugaban con dos torres gemelas de veintipocos años: Alonzo Mourning y Dikembe Mutombo. Me gustaba ver a ese equipo colegial, junto con Charles Smith (caído en desgracia en su vida adulta), a quien tenía por un gran movedor de balón, pero los cazatalentos pensaban otra cosa. Dikembe Mutombo Mpolondo Mukamba Jean-Jacques Wamutombo, con 2.18 metros de estatura, venía de Zaire, que en 1997 se convirtió en la República Democrática del Congo. Ya en la NBA se convirtió en la figura de la liga en África. Millonario precoz, hizo realidad la mejor de las ideas: alzó un hospital en su natal Kinshasa, la capital congoleña, entre muchas otras labores filantrópicas. Mutombo murió el lunes pasado, a los 58 años, de un tumor cerebral. No quise dejar pasar la oportunidad de mencionar, diría Santiago Segurola, a este héroe de nuestro tiempo.

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