Durante su campaña para la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal, en el año 2000, Jesús Silva Herzog se metió en un lío. Llegó a una estación del Metro y preguntó por el precio del boleto. No tenía idea. Lo que fue novedad para el veterano político derivó en burlas y provocó pena ajena entre su comitiva y los periodistas que cubrían sus actos.
Hoy en día se puede acusar a Adrián Rubalcava, el director del Metro de la Ciudad de México, de ser un experimentado administrador de un sistema que exige más ingeniería que política. En ese sentido, para empaparse de movilidad, nada como un paseo durante las horas pico en esos vagones naranjas, pero también los fines de semana o en las altas horas de la noche y los días festivos. Si alguien quiere sentirse más solo que la mierda, no obstante tener nueve millones de habitantes encima, que use el Metro un 1º de enero cualquiera, a las 10:30 de la noche.
El paro parcial del Metro del pasado lunes era lo que le faltaba a la CDMX. Bastó con que los trabajadores disminuyeran el ritmo para que el Metro operara al límite. Lo que millones de usuarios viven a diario —esperas interminables, trenes saturados, estaciones rebasadas— es una crisis incrustada desde al menos un par de décadas, pero en esta ocasión esa dificultad se tornó espesa, brusca.
Sin embargo, esa protesta sindical fue el prólogo de un conflicto que ningún Mundial o evento internacional podrá maquillar. En los días siguientes, ya sin “paro activo”, el sistema siguió con retrasos, desalojos, estaciones cerradas. El Metro tiene un serio problema estructural. Funciona mal incluso cuando “funciona” y, asimismo, sorprende cuando marcha en orden y a tiempo. Cuando las fallas son constantes, cuando el retraso es la norma, se apela a los milagros.
A lo largo de su historia, el Metro ha sufrido sabotajes e incidentes aislados (el suicidio de alguien o el descuidado que se le cae algún objeto a las vías), pero los elementos de seguridad ahí asignados tampoco brillan por su pericia.
Sí, hay usuarios irresponsables y el folclor de vendedores ambulantes y cantantes es quizás único en el mundo, pero son actividades ilegales. Como sea, que el director del Metro culpe por su deterioro a los millones de capitalinos que los usan diario resulta contrario a las políticas de un gobierno de izquierda y cercano a la gente.
En cualquier gran ciudad del planeta (Londres, Nueva York, Tokio, Madrid), el Metro está asociado a la confiabilidad. En la Ciudad de México, en cambio, se ha convertido en un espacio de incertidumbre cotidiana. En los años 80 y 90 se presumía lo contrario: el sistema de la capital mexicana estaba entre los mejores del mundo, por ser eficiente y limpio.
Y en todo este escenario con multitudes que llenan sus pasillos, escaleras y vagones, lo más preocupante no fue el lunes caótico, sino el viernes “normal”. Porque esa normalidad con retrasos, saturación y fallas intermitentes es justamente el problema.
CAJA NEGRA
De lo que se entera uno. La brasileña Ana Paula Maia es finalista del Booker Prize, uno de los galardones más prestigiosos del mundo. En una novela de apenas cien páginas, Maia, leo en un cable de AFP, narra los últimos días de una colonia penal brasileña, un asentamiento remoto utilizado para separar a los prisioneros de la sociedad, donde el director atormenta a los presos. Hay (como diría su paisano Haroldo de Campos), sangre, hueso, carne, músculo, y hombres que se mueven entre la resignación y la desesperación. “Nunca hubo tanta gente cazando gente”, dice la escritora, de 48 años, hija de una profesora de literatura y un dueño de bar. En su juventud fue integrante de una banda de punk. El destino nos alcanza.
