Gurú Andy Warhol
Sus retratos de Marilyn Monroe son archiconocidos, pero la actriz fue una excepción. Tenía poco de fallecida cuando Warhol eligió su rostro, anticipándose a lo que se avecinaba
Nunca está de más hablar de Andy Warhol (1928-1987), el gurú del Pop Art, el movimiento que irrumpió a principios de los años 60 con un sinfín de imágenes dominantes de la vida cotidiana: etiquetas, carteles, periódicos, revistas. Como es conocido, Warhol llevó objetos de producción masiva y el marketing a las galerías y demás espacios de exhibición, todo un discurso radical en ese momento, además que de inmediato se inventó para sí mismo un personaje entregado a la banalidad, tierno y adorable, crítico fundamental de la sociedad de consumo. No es gratuito que a su estudio le llamara The Factory. Le gustaba el dinero. Y el arte puede generar mucho dinero. Sin más, declaró: “Comprar es más americano que pensar, y yo soy más americano que ningún otro”.
Me alegró ver Los diarios de Andy Warhol, la serie documental de seis capítulos disponible en Netflix. A principios de los años 90, la barcelonesa Anagrama tuvo a bien editarlos en nuestro idioma, todo un banquete de casi mil páginas, pensé como el ingenuo y pueril lector que fui en ese entonces. El grueso volumen no tardó en caerse de mis manos y quedó en algún sitio para no volver a ser abierto jamás. Una cosa es la visión de las cosas de un diarista, con sus implicaciones morales y estéticas, y otra el registro soso del día con día, sin mayor chisme, el fuego de toda conversación.
Ahora, la esencia de esas páginas llega puntual al streaming en una era en la que precisamente se refuerza, quizá más que nunca, la famosa teoría warholiana sobre el derecho que todo mundo tiene a sus 15 minutos de fama. Resulta inquietante la idea de Warhol hoy en día, con 93 años, haciendo TikToks.
La citada serie sorprende por el material audiovisual ya del propio Warhol grabando a su familia en su pueblo en la industrial y conservadora Pensilvania, o de él mismo en las situaciones por las que se hizo una figura de culto en Nueva York, la capital del mundo, esto es, su presencia obligada en restaurantes y discotecas como Studio 54. Se presentan, asimismo, imágenes sobre sus relaciones sentimentales, cuestiones sobre las que se discute ampliamente, y se habla de lo difícil que le fue ocultar su homosexualidad de los grandes reflectores, no de los ambientes en los que movía como pez en el agua. En los años 80, con el sida al descubierto, los homosexuales eran vistos como portadores de la peste.
Como hombre orquesta, Warhol se entregó a cualquier proyecto siempre con el rol protagónico. Fundó la revista Interview, que él mismo distribuía a los peatones de Manhattan en un carrito de supermercado; hizo películas de culto y produjo varias, tuvo su programa de entrevistas en MTV llamado, obviamente, Andy Warhol’s Fifteen Minutes, pero sobre todo retrató a las figuras clave sobre las que giraba el mundo: Mick Jagger, Elvis Presley, Jackie Kennedy, Elizabeth Taylor, Muhammad Ali y demás comisiones que hincharon su cuenta bancaria de billetes verdes.
Sus retratos de Marilyn Monroe son archiconocidos, pero la actriz fue una excepción. Tenía poco de fallecida cuando Warhol eligió su rostro, anticipándose a lo que se avecinaba. En torno a la muerte de Marilyn “se tejieron pronto las más fantasiosas especulaciones y, como si Warhol hubiera intuido que su vida y su personalidad se comercializarían de una forma despreciable, le erigió un monumento que perpetúa irrevocablemente su imagen en una figura casi obligada —una imagen que no refleja la realidad, pero que posee el valor de una figura imaginaria penetrada, en cierta medida, por la realidad—”, escribió el curador Klaus Honnef. (Andy Warhol, Taschen, 1992)
Su amistad con Jean-Michel Basquiat explica los últimos años de Warhol, nunca dispuesto a ceder los reflectores. El mundo es, en buena medida, un gran escaparate, el mismo que observó y reveló para la eternidad.
