Difícil hablar de amor
Raven Saunders, medalla de plata en lanzamiento de bala, cruzó los brazos encima de la cabeza, símbolo de apoyo a las minorías
Tenía prohibido expresarse. Pero lo hizo. Corrió el riesgo en lugar de correr sobre la pista. Acusó a sus entrenadores de inscribirla en una competencia para la cual no se preparó. La atleta bielorrusa Krystsina Tsimanouskaya robó cámara esta semana en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 debido a su desencuentro con las autoridades deportivas de su país. La tensión diplomática surgió cuando la llevaban, en contra de su voluntad, al aeropuerto de la capital japonesa a tomar un vuelo “de regreso a casa”, donde sería castigada, probablemente con la cárcel, por el régimen de Aleksandr Lukashenko, hombre ebrio de poder que gobierna desde 1994.
Tsimanouskaya recibió una visa humanitaria de Polonia, donde se reunió con su esposo, sin la certeza sobre lo que ocurrirá con su carrera deportiva. Su caso es uno más de la diáspora postsoviética, problemática a la que se ha referido Svetlana Alexiévich, la periodista bielorrusa que ganó el Premio Nobel de Literatura en 2015, exiliada en distintas etapas en París, Gotemburgo y Berlín.
En su discurso de aceptación del Nobel, Alexiévich se refirió al desprecio entre países supuestamente amigos dentro de un nuevo orden mundial: “Una vez más estamos viviendo en una era de poder. Los rusos hacen la guerra a los ucranianos. Sus hermanos. Mi padre es bielorruso, mi madre, ucraniana. Hay muchos en la misma situación. Aviones rusos están bombardeando Siria. Una época llena de esperanza ha sido sustituida por una de miedo. El tiempo ha dado marcha atrás. El tiempo en que vivimos ahora es de segunda mano… A veces no estoy segura de que he terminado de escribir la historia del ‘hombre rojo’. Tengo tres hogares: mi tierra bielorrusa, la patria de mi padre, donde he vivido toda mi vida; Ucrania, la patria de mi madre, donde nací; y la gran cultura rusa, sin la cual no me puedo imaginar a mí misma. Todos son muy queridos para mí. Pero en los tiempos que corren es difícil hablar de amor”.
En el contexto de las manifestaciones políticas en los Olímpicos, evidentemente el affaire de Tsimanouskaya merece un capítulo aparte, pero figura entre otras que se han presentado en éstos.
Las presentes justas veraniegas tienen una audiencia móvil. Las competencias se pueden ver en vivo en cualquier parte del mundo a través de la pequeña pantalla de los teléfonos inteligentes, situación que ha reforzado la idea de que los deportes, en particular los Juegos Olímpicos, están hechos para la televisión.
La vitrina de Tokio 2020 no fue desaprovechada por la estadunidense Raven Saunders, medalla de plata en lanzamiento de bala que en el podio cruzó los brazos encima de la cabeza, símbolo de apoyo a las minorías. Saunders, de raza negra y lesbiana, quiso así “dar luz a toda la gente del mundo que lucha y que no tiene una plataforma para hablar por sí misma”, explicó, por lo que es digna continuadora del gesto inaugural de Tommie Smith y John Carlos, quienes alzaron los puños, cubiertos con guantes negros, en los Juegos Olímpicos de México 1968, un instante grabado para la eternidad.
Cada nación con su circunstancia, tiene razón Svetlana Alexiévich: es difícil hablar de amor, no obstante la fiesta olímpica (y otros momentos felices), cuya ceremonia de clausura es mañana.
A propósito de política en el deporte, el desempeño de nuestra delegación en Tokio ha suscitado comentarios. Sin embargo, habría que destacar que al momento de escribir estas líneas México tiene 20 representantes entre los primeros ocho lugares en diversas competencias, lo que significa que recibieron su diploma olímpico, documento que se otorga a los primeros ocho. De acuerdo con el periodista Oscar I. Guevara, especialista en estadísticas, México tiene más representantes entre los primeros ocho en los JJOO 1968 (30), 2012 (22), 2016 y 2020 (20). Subir al podio es importante, pero ser el octavo del mundo no está mal.
