La democracia despide a Cuauhtémoc Cárdenas

Hace dos años y medio, en este espacio, anoté que la democracia mexicana celebraba los 90 años del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas (Excélsior, 4-Mayo-2024). Este miércoles murió a los 92 y ahora toca escribirlo de la siguiente manera: la democracia, hoy huérfana de su presencia fundamental, lo despide. Es un lugar común, pero estamos ante una figura que juntó a sus rivales históricos hasta en el velorio. Mi compañera Georgina Olson, en estas páginas, lo relató desde el Panteón Francés. El féretro cubierto con la bandera y rosas, y entre los asistentes el priista Francisco Labastida, el panista Diego Fernández de Cevallos, el morenista Ricardo Monreal. El embajador de España, Juan Duarte Cuadrado, también asistió, y su representación diplomática envió una corona.

La lucha que encabezó en 1988, junto a Ifigenia Martínez, Rosario Ibarra de Piedra y Porfirio Muñoz Ledo, instaló las bases para que México tuviera elecciones libres y los funcionarios de Gobernación sacaran las manos de las urnas. Ese esfuerzo supuso escalar el Everest contra un sistema de partidas secretas exentas de auditorías y arqueos, métodos a los que se sumó el de la “caída del sistema”, operado, precisamente, en el Palacio de Cobián, en Bucareli.

Después fundó el PRD y en 1997 ganó la primera Jefatura capitalina elegida por voto popular. José Guadalupe Acosta Naranjo, presidente nacional de Somos, señaló que su aportación fue impulsar la democracia por la vía pacífica, modificar instituciones, ser tolerante. Y sí: tras el esperpento de la caída del sistema, lo más sencillo hubiera sido azuzar a sus seguidores. Lo más probable es que bajo ese supuesto, y no exagero, la situación habría sido un tanto sangrienta. 

En lugar de ello, encabezó una larga lucha no exenta de contradicciones (¿qué movimiento político no las tiene?) No bastaba con quitarle el poder al PRI. Se supone que la 4T sigue la estela del ingeniero, pero, los tiempos son otros, su socialismo tiene puro maquillaje del cardenismo. 1988 marcó el inicio de la transformación democrática. Hace falta una buena serie en streaming sobre ello.

El compromiso con Cataluña del ingeniero Cárdenas es un capítulo menos recordado. Su padre, el general Lázaro Cárdenas, hizo de México refugio del exilio republicano, catalán incluido. 

Tras el 1º de octubre de 2017 y la prisión de Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, firmó con otros mexicanos, entre ellos Clara Jusidman y Elena Poniatowska, un manifiesto en el que denunció la cancelación de libertades, exigió su liberación inmediata y defendió el derecho a decidir por la vía del diálogo. En septiembre de 2018 visitó el Palau de la Generalitat. El entonces presidente Quim Torra le agradeció su apoyo a los presos y su llamado a una solución pacífica y dialogada. El periódico catalán El Nacional lo despidió como “amigo de Catalunya”.

Tenía envidiable temple. Consta su defensa del derecho a decidir y la salida dialogada. Pero nada de ello basta para atribuirle la causa independentista. Su mensaje es tan sencillo como contundente. El principio de los conflictos políticos se resuelven con la palabra y el voto, no con la cárcel. En su día, la misma fórmula la aplicó en casa.

En el homenaje de la UNAM por sus 90 años lo expresó con modestia: “La construcción democrática es obra de muchas cabezas, talentos, esfuerzos, plumas, activistas”. Y reclamó que el recuento empiece con los caídos desde 1988, crímenes “que se mantienen en la impunidad”. Muchos de esos asesinados eran correligionarios suyos en el PRD.

Ayer, Bellas Artes lo recibió con homenaje de cuerpo presente. Así debía ser. Nos quedamos con su imborrable ejemplo de que la pelea debe ser pacífica y terca, pero institucional. México, al que no le sobran voces críticas y razonables, se queda sin la mayor de ellas.