Elecciones israelíes: incertidumbre

Esther Shabot

Esther Shabot

Editorial

Han pasado cuatro días desde la realización de las elecciones en Israel y, a pesar de haberse contado ya los votos y saber cuántos escaños ganó cada partido, no hay certeza acerca de quién comandará al país en el futuro. El complejo sistema electoral en uso, en el que cualquier fuerza política mayor que aspire a gobernar debe contar con socios en coalición a fin de controlar al menos 61 escaños de los 120 que integran el parlamento, se encuentra en problemas cuando ninguno de los partidos dominantes consigue esa cifra mágica de 61. Éste es el caso actual: el Likud de Netanyahu, al sumar sus escaños con los de sus aliados, alcanza 53, mientras que su mayor rival de oposición, Eisenkot, del partido Yashar, llega a 48. Ambos lejos de la cifra requerida de 61. Los 19 escaños faltantes para la cifra de 120 corresponden a los dos partidos árabes-israelíes que se alzaron como importante fuerza política tras una afluencia inusitada a las urnas de los miembros de esas comunidades, que en esta ocasión estaban ansiosos de contribuir a la derrota del bando de Netanyahu.

De tal suerte que empezará en los próximos días la ardua labor de Netanyahu y Eisenkot para intentar cada uno por su lado negociar alguna fórmula o combinación de fuerzas que les permita contar con los requisitos necesarios para hacerse del poder. Lo cual no se mira fácil en absoluto en la medida en que la polarización ideológica y política que priva actualmente en el país no deja espacios para un acercamiento entre los integrantes de ambos bloques. Mucho se ha dicho que la definición de la naturaleza de estos comicios es la de una contienda electoral entre las fuerzas proNetanyahu y las antiNetanyahu prefigurando la incapacidad de construir puentes que permitan una colaboración a fin de establecer el nuevo gobierno.

Es pertinente aclarar que aquí no se trata de una oposición entre lo que comúnmente denominamos derecha e izquierda, tal como lo manejan los esquemas tradicionales en los análisis políticos. En el bando de Eisenkot hay gente que puede catalogarse plenamente de derecha, de centro, de izquierda, religiosa y secular, muchos de ellos con historial personal de haber trabajado con Netanyahu en periodos anteriores, pero que ahora lo rechazan. En el bloque del aún premier predominan las visiones de derecha nacionalista, ultranacionalista y religiosa con sus significativas variantes. De tal forma que, para entender el divorcio tan extremo entre ambos polos es quizá necesario recurrir a otros conceptos que expliquen más satisfactoriamente en qué consiste el abismo que actualmente los separa.

En años recientes se acuñó en la discusión pública un nuevo término: “iliberalismo”, en contraposición con el liberalismo. El ahora extinto gobierno húngaro de Viktor Orban dio pie a esa expresión para describir y entender un sistema político donde se practica una democracia formal con elecciones periódicas, pero sin respetar muchas de las libertades individuales que el liberalismo clásico defiende. Implica la limitación de la prensa libre, del activismo crítico de las ONG y de los derechos de las minorías, acompañado todo esto con maniobras para anular la independencia del poder judicial en calidad de instancia imprescindible para impedir la concentración absoluta del poder en una sola fuerza política y el consecuente establecimiento de un régimen autoritario.

El cuadro actual presentado por los dos bloques en pugna en el Israel postelectoral sugiere que las características y el historial reciente del bando de Netanyahu se puede identificar plenamente con el perfil que caracteriza al “iliberalismo”. Sus intentos a principios de 2023 y hasta el 7 de octubre de ese año de conseguir una reforma judicial que le permitiría gobernar ya sin contrapeso alguno fue la primera señal de que los ejemplos de los regímenes de Orban o de Erdogan en Turquía constituían el modelo al que Netanyahu y sus compañeros aspiraban y siguen aspirando hasta ahora. Al otro lado de la barrera se hallan ahora quienes han detectado con claridad el peligro que eso implica para la salud de la democracia israelí. El cuarteto de líderes que integran el bloque liderado por Eisenkot representan un abanico de posturas políticas diferenciadas que, sin embargo, tienen en común el rechazo absoluto a la posibilidad de que el régimen que se adueñe del país se encamine hacia la implantación de ese peligroso “iliberalismo”. Los partidos árabes, con sus 19 escaños ganados, bien pueden funcionar como una especie de fiel de la balanza para de alguna manera contribuir a blindar a Israel de tal posibilidad.