Charlie Hebdo y la libertad de prensa

Esos caricaturistas, esos periodistas, esos policías, esos empleados, esos ciudadanos judíos murieron porque defendían y encarnaban lo que los fanáticos no quieren: la crítica, el humor, la sátira, la libertad de expresión: Martin Schulz.

Van a cumplirse 10 años de que mandé enmarcar la portada del 14 de enero de 2015 (nº 1178) de la revista Charlie Hebdo, obsequio de un amigo francés. Ahí se ve a un Mahoma caricaturizado, con rostro triste y una lágrima que le corre por la mejilla izquierda. El personaje, a su vez, sostiene un cartel que reza: “Je suis Charlie”. En tanto, abajo del cabezal se lee: “Tout est pardonné”.

Y sí: ocurrió hace una década. En los primeros días de enero de 2015, un par de hombres de origen argelino ingresaron armados a la redacción de Charlie Hebdo y abrieron fuego. El saldo de esa jornada fue de 12 muertos y 11 heridos hasta que la policía logró abatirlos. Se trataba de dos hermanos: Chérif y Said Kouachi, pero hubo un tercer atacante de nombre Amedy Coulibaly, vinculado a aquellos dos, que, por su parte, mató a un policía e hirió a otro.

Las razones del atentado fueron muy sencillas: nadie que se burle de Alá ni de su profeta ni del Corán puede vivir mucho tiempo para contarlo. Desde 2006, aseguran los estudiosos del caso, Charlie Hebdo estaba en la mira del islamismo radical. Ciertamente ese ataque a una entidad periodística marcó un antes y un después en los discursos de la libertad de prensa, pero también provocó el reforzamiento a los protocolos antiterroristas en toda Europa y desató días de odio, pues los agresores tenían sólidos vínculos con Al Qaeda, según revelaciones de las autoridades encargadas del caso.

Citado en un espléndido análisis publicado por Ediciones Complutense, el socialista alemán Martin Schulz, en ese entonces presidente del parlamento europeo, dio con la tecla: “Esos caricaturistas, esos periodistas, esos policías, esos empleados, esos ciudadanos judíos murieron porque defendían y encarnaban lo que los fanáticos no quieren: la crítica, el humor, la sátira, la libertad de expresión” (Las narrativas del ataque contra Charlie Hebdo. Un estudio de la cobertura periodística internacional (disponible aquí: https://revistas.ucm.es/index.php/ESMP/article/view/55605/50463).

Entre las conclusiones de ese trabajo se advierte: “Durante la redacción de este artículo tuvo lugar el 13 de noviembre de 2015, a las 21:30 hrs., en la Sala Bataclan de París un nuevo atentado. Al igual que sucedió con el ataque contra Charlie Hebdo, se ha producido una intensificación en la cobertura mediática y una reacción masiva de la sociedad, en especial a través de redes sociales”. Durante un concierto de la banda californiana Eagles of Death Metal, se registró ese ataque que arrojó unas 90 víctimas, pero también dejó una noche de terror, pues de manera coordinada se registraron otros atentados en diversos puntos de la capital de Francia. Al respecto, en 2017 salió un muy buen documental sobre el asunto: Eagles of Death Metal: Nos amis.

Al pan, pan, y al vino, vino. Lo mencionó alguna vez Luis González de Alba, iconoclasta como nadie en la esfera política mexicana. Hacia 2004 se refirió al gringo Dan Brown, cuya novela El código Da Vinci pegó con tubo en la industria editorial global, aunque tenía varias “inconsistencias” religiosas, señalaron de manera puntual algunos expertos, por no decir “blasfemias” en contra de la iglesia. Sin embargo, González de Alba decía que Brown se podía pasear con absoluta tranquilidad por el Vaticano y pasar a ver la Capilla Sixtina con la única molestia de solicitud de autógrafos (en esos años no había potentes celulares que tomaran fotos). En cambio, pobre del que se le ocurriera hacer un chistorete sobre Mahoma, pues ello representaba correr el riesgo de ser asesinado.

Más o menos desde entonces se vive con el peligro del fanatismo irrestricto. Pero como mencionó con valentía y honestidad Charlie Hebdo, todo puede ser perdonado.

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