Abrazos, no fiscales estúpidos
A pesar de su enorme riqueza, México enfrenta desafíos estructurales profundos también reflejados en estudios y balances.
México es un país de enorme riqueza natural, cultural y humana. Los ejemplos sobran. Tiene hermosas playas para el turismo. Cancún, la Riviera Maya, Puerto Vallarta y Los Cabos son destinos reconocidos internacionalmente, sin dejar de mencionar Acapulco, un clásico para darse una escapada a la menor provocación. Por otra parte, las aguas del Pacífico y las del Golfo de México son ricas en especies como el atún, el mero y el huachinango, sosteniendo una industria pesquera que en su día tuvo su secretaría de Estado.
El campo mexicano es generoso por su variedad de cultivos. Nuestro país es centro de origen de productos como el maíz, el aguacate, el limón, el jitomate y el chile, pero el catálogo de productos es de verdad amplio.
México cuenta con pueblos originarios reconocidos legalmente y sus respectivas lenguas indígenas (que no dialectos) mantienen una bella escuela de tradiciones orales, lo que lo ubica entre los países con mayor diversidad lingüística del mundo. Las culturas maya, azteca, zapoteca, mixe, purépecha, en fin, cuyas tradiciones persisten, enriquecen el conocimiento nacional.
Nuestro país ha dado premios Nobel y directores de cine que coleccionan estatuillas Oscar. Pero sobre todo, los mexicanos de a pie son los que hacen posible una nación multicolor gracias a su trabajo, aunque éste sólo figure en los indicadores económicos.
Y sí, a pesar de su enorme riqueza, México enfrenta desafíos estructurales profundos también reflejados en estudios y balances. Los índices internacionales apuntan una situación crítica en cuanto a seguridad y transparencia, posicionando al país entre los más afectados por el crimen organizado y la corrupción.
De acuerdo con el Global Organized Crime Index 2025, los mercados criminales de México, como el tráfico de drogas y la trata de personas, conservan los primeros lugares, situación con la que coincide la Armed Conflict Location and Event Data (ACLED), cuyos reportes hasta diciembre de 2025 ubican a México como el cuarto país más peligroso del mundo, basándose en la letalidad de sus “conflictos internos”, es decir, la lucha contra los cárteles, pero sobre todo la guerra por el control de plazas, un riesgo permanente para los civiles, víctimas del fuego cruzado.
Por otra parte, en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, México cayó a la posición 140 de 180 países, obteniendo su calificación más baja históricamente (26 puntos de 100).
Los casos más notorios de elementos malignos de México parecen variaciones del mismo tema. El exsecretario de Seguridad del país, Genaro García Luna, sentenciado en Estados Unidos por delincuencia organizada, y el que fue de Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, que debe saber tantas cosas como las que contaría el Diablo.
El siniestro general Arturo Durazo Moreno, jefe del Departamento de Policía del entonces Distrito Federal durante el sexenio de José López Portillo, queda como personaje de caricatura frente a García Luna y Bermúdez Requena, que se tomaron muy en serio la conocida sentencia: “Mediocre el que no supera a sus maestros”.
El caso es que México tiene todo para gozar de una buena vida, con honradez y sin paroxismos, pero algunos de sus empresarios deciden no pagar miles de millones de impuestos, retando al gobierno, además, con un léxico propio de los chamacos de secundaria que se citan a la salida de clases.
También México vio caer el Metro de la capital y el descarrilamiento de trenes cuyos rieles no cumplen ni tres años. La falta de humanidad está en los aspectos técnicos que provocaron esos accidentes fatales, nunca en la puesta en plana de un periódico, ello por no hablar de la carencia de sentido común de la fiscalía veracruzana que acusó de “terrorismo” a un colega que cubre nota roja.
